Yo conocí el secreto nombre del
Altísimo
allá donde ha morado la llama,
por donde espero el oculto espacio
indisoluto
y vértigo de virtud consagrada.
Mi nombre era Su Nombre, y el Suyo
ardiente fuerza que en su ritmo
consolaba,
y ha sabido de la deuda del espíritu
con su más eterna gracia
que se ansía en el modesto vínculo
de esta mezquita abandonada.
Y cada símbolo del día que padecemos
es eterna o misericorde gracia
de paz o de ciencia, comprensión o
sentido,
como en cada naturaleza emancipada.