I CAPÍTULO
LA LEY DE DUALIDAD
Dos serpientes. Dos omnipresentes amarus guardan el legado de la cosmogonía universal. La naturaleza dual de las cosas, que enristrada asume la forma del caduceo de Mercurio; de la copa de Hermes que el médico de Enrique VIII instauró como signo ecuménico de la medicina: Kadmos y Armonía, Orden y Caos; el día y la noche. “Debéis saber que en el universo combaten eternamente estas dos fuerzas opuestas,-dice el Trismegisto-, a esto se ha llamado Ley de Dualidad.
Dos amarus son también el Jörmundgang (Miogaror) y el Nidhögg de los Eddas que Snorri Sturluson rescató para la épica desde la niebla de los tiempos; la primera de estas serpientes rodea el mundo en una sublime espiral, pero la segunda, necrófaga y tenebrosa, se disputa el árbol hierático del Yggdrasil con un águila que es tan implacable como perpetua.
Dos amarus hay también en la mano derecha del céltico Cernummos, quien sentado a la manera de los indios anacoretas, contempla la inminente lucha de los ofidios confrontados, en una danza que es de de nudos y de espirales. Como de nudos y espirales es la batalla de Ormazd y Ahriman entre los mazdeístas.
También el pueblo que camina con Moisés en el libro de Números o Be Mibdar (21,1) es castigado a causa del pecado de la duda con serpientes venenosas y repelentes; mas también se les confiere el antídoto consistente en un estandarte que enarbola una serpiente de bronce. Las dos caras de la sierpe otra vez. Una, la que Moisés levanta frente al faraón; la otra es lúgubre, y ya ha hecho sucumbir a nuestros primeros padres con el pecado original. Una es la Kundalini y otra la Kundabuffer que refieren los arduos textos de la Alta Yoga y las marciales iniciaciones del Tantrismo Kalachakra. Se dice que Gurdjieff, el tenaz desentrañador de verdades, confundió el poder de estos dos simbólicos ofidios, haciendo así naufragar el empeño de su obra. Las confundieron también los del esoterismo nazi, a quienes, por cierto, solo pudo confrontar el asesor esotérico de Sir Winston Churchill, Aleister Crowley, eximio conocedor de los secretos de la Kundalini y de la Tiamat.
Y decimos Tiamat, recordando lo dicho por S.H. Hooke; que esa kundabuffer, o serpiente tentadora del Edén, y que puede identificarse también con el Leviatán que Job (3,8) menciona, se parece demasiado a la culebra sumeria. No en vano la palabra “tehom” del Génesis (1,2) que normalmente se identifica con “Abismo”, se parece demasiado al “caos-dragón “Tiamat”. H.P. Lovecraft, por su parte, identifica a esta misma Tiamat con el “Ctulhu” del Necronomicón, ese terrible libro que solo unos pocos osados han podido develar y conjurar.
La mitología wanka, como no, corresponde con ese principio universal de las dos serpientes o amarus, que ha dado inicio a las grandes teogonías, y que sorprende y subyuga tanto a propios como profanos. En el relato recopilado por don Carlos Villanes en su obra “Los dioses tutelares de los Wankas”, se relata por ejemplo que estas dos serpientes fueron creadas del Tulumanya -el Arco Iris- por orden de Apu Kon Ticsi Huiracocha, con la finalidad de acabar con los monstruos que en el principio habitaban la región del Huancamayo, y que por entonces no era sino una inmensa laguna habitada por diversidad de monstruos. Tras la creación de este primer Amaru, Tulumanya, pensó que sería bueno crear un segundo Amaru; –aunque otra versión recoge que fueron los primeros wankas quienes suplicaron a Huiracocha el nacimiento del segundo monstruo a fin de aplacar los abusos que cometía el primero). Este segundo amaru era de color mas oscuro; ocurriendo que desde entonces ambos monstruos iniciaron una interminable contienda, disputándose la supremacía sobre el lago, y queriendo cada uno reinar por sobre el otro.
Hasta este punto, la tradición wanka guarda eficaz correspondencia con la unanimidad de las tradiciones respecto a la creación del universo. Así Hesiodo fue uno de los primeros autores de estos mitos genésicos para la cultura occidental; su relato nos dice: “En el Principio fue el Caos, y desde este Caos la Luz fue hecha”.
Pues bien, el lago habitando por inconmensurables monstruos de nuestro mito, corresponde absolutamente a esa noción de caos, a ese “tehom” que menciona el génesis. Luego Huiracocha crea las serpientes, valiéndose del Tulumanya, el arco iris; porque en el principio, como nos dice el Génesis, fue la Luz. La luz que, efectivamente, puede ser fraccionada en los siete colores del arco iris.Volviendo al relato, Huiracocha cansado de las incesantes disputas de los dos amarus, decidió destruirlos; y se sirvió para ello de dos elementos: el Viento y el Rayo. La historia nos dice que los amarus cayeron deshechos. El emérito investigador Néstor Taipe Campos afirma –sustentando en sus escudriñamientos- que ambos amarus se transformaron en las dos cadenas de montañas que rodean el valle del Mantaro. Taipe sostiene también que estos amarus representan los principios de protección de destrucción. El amaru blanco corresponde a la cadena montañosa del lado del Huaytapallana, de cuyos deshielos surge el agua que da vida a todos los seres. La serpiente negra, por su parte, corresponde a la cadena del oeste, lugar por donde se oculta el sol, y “de donde viene la noche, con todo lo que ella representa”. Y otra vez admiramos esa ley de la Dualidad Universal.
La omnipresencia de los amarus nos recuerda esos arquetipos universales que mencionaba Jung en “Psicología y Alqumia”, y que parecen conducirnos al origen mismo de la vida. Así, el insigne investigador Jeremy Narby refiere que si bien los egipcios no dibujaron un caduceo serpentino como tal , (aunque su figura aparece en la frente de la corona de los faraones), si dibujaron un enigma visual que corresponde a una serpiente doble encima de una cruz. La tradición ha denominado a esa cruz egipcia “ankh”, el símbolo de la vida. Narby se sorprende al comprobar que esta espiral corresponde, sin lugar a dudas, también, a la forma del ADN.“Como es arriba es abajo” diría el Trismegisto. Así también los dos amarus sumergidos en el fondo de la tierra, convertidos ya en cadenas montañosas, son también una memoria del ADN en esa tierra que es el hombre (de polvo eres, y al polvo volverás), pero también el ícono de la vida que surge de un Valle fecundo como el del Huancamayo (Mantaro).
Huiracocha, por su parte, representa en la cultura andina el principio divino del héroe solar común a todos los credos (Osiris, Mitra, Krishna), su huella, como bien señalan Julio Calvo y Henrique Urbano, puede ser rastreada hasta sus orígenes tiahuanacos y aymaras. En nuestro relato, Huiracocha cumple el rol de Demiurgo, y como tal, opera en los elementos de la naturaleza en una auténtica gestión que podemos llamar de alqumia.Y esto se hace mas palmario en las figuras del rayo y del viento, como armas e instrumentos de dominio en contra de los dos amarus; dos amarus que, como hemos dicho, son el sumun de la vida. La misión tradicional del alquimista -occidental o andino- es pues operar prodigiosamente sobre las fuerzas contradictorias .Como se sabe el Rayo, Illapa, fue un elemento importante para las teogonías quechua; los misioneros y colonizadores identificaron su majestad con el Apóstol Santiago; un apóstol que en Europa era considerado el santo patrón de los alquimistas cristianos. España no era nada ajena a esta tradición, puesto que los alquimistas mediterráneos inauguraron la famosa tradición de una peregrinación que concluía en la española Santiago de Compostela, -la famosa Ruta de Santiago-, portando símbolos como el manto, el bordón y una concha. Esoteristas famosos como Flamel y Cagliostro realizaron esta peregrinación. Esta anécdota y otros datos nos permiten concluir que España era pues, esencialmente, esotérica. Pero a ello tornaremos después.
Volviendo a nuestro Santiago (El Tayta Shanti) y a nuestros amarus, un cuento recopilado por Arturo Jiménez Borja refiere que, cuando el cielo comienza a oscurecer y amenaza la tempestad, un amaru sube hacia los cielos centelleando sus ojos morados. Entonces Santiago Apóstol montado en su caballo blanco, sobre las nubes y con una hermosa carabina, lanza balas de oro. Retumban entonces los arcos del cielo a cada disparo, y huye el amaru espejeando su lomo entre un cielo torvo y disparejo. Muere finalmente ese amaru por obra de Santiago Apóstol; del mismo modo que mediante el rayo (Illapa, Santiago), Huiracocha destruyó los primeros a los primeros amarus de nuestro mito.
¿Y el viento? Pues es un caballo blanco como diría Neruda.
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