sábado, 25 de julio de 2009

Esa tormenta que nos distancia

Esa tormenta que nos distancia
nos arrodilla ante otro mundo,
cubre de nieve nuestra piel yerta
y en la garúa nos resucita.

¿Quién no recuerda su blanco huerto
donde la infancia era otra fruta?

¿Dónde estará lo que soñamos
en aquel tiempo impreciso?

Porque el corazón es una isla,
también un eco sobre las rocas;
y la nostalgia de un dios sublime
que pace libre en nuestros prados.

Una bandera tengo de entonces,
cuando las lluvias me bautizaron,
y nueve cruces que en los caminos
con sus migajas he conservado.

Y si no creyera en ese sueño


en otra senda me perdería.

miércoles, 15 de julio de 2009

Parménides y los guindales

Busco, cual Parménides, cabalgar sobre el sendero que la aurora me ha obsequiado;
cabrillear con el sol que en el valle satinado despereza,
y adivinar las gemas de una bella granada colorida.

Ser y no ser mientras añoro
el corazón inconmovible de aquella
Cilíndrica Verdad.

Ya las guindas pintando están,
canta el agua en los límites de su ciencia
-redonda en su destino se tornará infinita-.
En esa agua azul cobalto encontraré un día
lo bermejo de mi inocencia antigua;
será en un recodo de sausales, mirtos o perales;
de guindos, acacias o membrillares; de cosechas rubias
en el trigo trabajado; y en el cántico de las perdices
de un pentecostés inopinado.

Porque el camino de herradura hacia ese bosque
no está sellado,
lo ha cubierto solamente el polvo,
la necesidad, una lluvia de hojarascas;
lo ha oscurecido la noche de sepultos candores que en otro tiempo
fueron verdades libertas;
mas será nuestra su quebrada, a la luz de nobles causas,
o en la blanca ontología de las monteras dominicales.

Ya las guindas están pintando.
Nos abrasamos del único tronco conocido;
treparemos a la cima como voraces círculos de entendimiento,
y cantará esa ave al final del día
y en la alborada,


como a Parménides, 
peregrino infatigable.

domingo, 5 de julio de 2009

Pozo

En la paz de tu brasa cautiva
hay un huerto de rosales;
flores antiguas de espléndidas estrofas,
pétalos blancos que traen los mistrales.

Tu presencia es obsequioso sarmiento
que adereza el recodo de los cauces;
es espíritu de acuáticos amparos
que toca, en el cierzo, afables carnavales.

Ven,
y tráeme de beber
el agua que en el pozo tuyo reverbera,
o la añeja hierba que unges con sigilo
en la casta lluvia de setiembre.

Las rosas de tu parcela han florecido,
tienen el aljófar que la aurora atavía;
y vuelan cerúleas como abejas del verano,
para posarse en mi capota
hacia la muerte del crepúsculo.