Esa tormenta que
nos distancia
nos arrodilla ante
otro mundo,
cubre de nieve
nuestra piel yerta
y en la garúa nos
resucita.
¿Quién no recuerda
su blanco huerto
donde la infancia
era otra fruta?
¿Dónde estará lo
que soñamos
en aquel tiempo
impreciso?
Porque el corazón
es una isla,
también un eco
sobre las rocas;
y la nostalgia de
un dios sublime
que pace libre en
nuestros prados.
Una bandera tengo
de entonces,
cuando las lluvias
me bautizaron,
y nueve cruces que
en los caminos
con sus migajas he
conservado.
Y si no creyera en
ese sueño
en otra senda me perdería.