martes, 24 de abril de 2001

Epístola a los Habitantes del Silencio

Amigos, en esta noche entregaré mi cuerpo
al destino,
y unas vacilantes ebriedades rodaran
por la vena atornillada.
Entre los aplausos de la vida me abandonaré
a una estancia nueva.
Y mis manos temblarán en un sopor congelado;
alguna desconocida nodriza lavará
el alma desterrada
entre las viejas rumas
de la muerta retama.
Y mi alma se extenderá por el valle,
cargada con el vino silencioso
de mis inapetencias.

A lo lejos
en una lava violenta será arrastrada
mi vieja profecía inapelable;
(porque es bien sabido que no tuve
mas alma que esta).

Y en esa noche uno de ustedes
recogerá la flor prometida
que reposa en el limbo.
La arrojará en el vientre imperfecto
de la tierra abonada,
se tomará del cuello;
y entonces,
solo entonces habréis aprendido a seguirme.

Los otros dormirán por siempre,
castigarán al viento con espada cruenta
y negación abstracta;
fundarán un perfecto universo perpetuo
en la ignorancia fantasmal.
Se teñirán de sangre las manos
que hoy comparten nuestro pan.

Y en esta noche vendrá el silencio a buscar
la caridad resbalosa de las fiestas.

Hoy, digo, que vendrá una mujer
y vendrán dos.
Y un gallo cantará tiernamente
el himno de las arpas intangibles
del destino; arrullará el viento sobre las llamas del bosque,
y vendrá el mismo viento para levantarme en la caída,
y vendrá la mar, y vendrán sepultureros
por tierra,
y cenarán con lo que
de mí quede.

Por ello es preciso abrigarlos,
atarles con ahínco la bufanda en estos
moribundos cuellos moribundos.
Es preciso confeccionar el pan
que habremos de comer mañana.

En esta noche sentencio
que ha llegado el tiempo de desnudarse.
Lavaré las llagas, limpiaré los pasos
y remojaré un pan por el otoño
de nuestras floridas pascuas.

Y besaré hasta la humillación
-que es el destino de todo beso-;
y me desnudaré
cuando no exista un buen motivo
para hacerlo;
porque, amigos,
en esta noche entregaré
mi cuerpo,

mi falso cuerpo al destino.

Seco el bosque, la rama, las hojas

Seco el bosque, la rama, las hojas.
Buscar el vegetal cortinaje
y encontrar
el descenso de una espiga de agua.
Hallar el sonido vigilante
en que descifra la materia
el sentido de sus horas
vertido de fragancias;
mosto verde de ermitaños
vergeles,
donde hallé una tarde el sentido
de la borea,
el crisol de los solsticios.

Inmaculada rosa de pesebre.

Abrígame, celeste, al galope de la escarcha;
la noche apenas vuelve
y destila el dulzor suave
de la lluvia última
con esenia caridad.

Abriga seca hoja, rama, bosque,
la cenicienta nostalgia
de la esfera que transita al poniente.
Atisbamos su fuego en la gruta,
entre  senderos horizontales
y el gusto olvidado de la castaña.

Volverá por nuestros ojos la luz
al umbral de los rocíos
en el alba,
y al discurrir sereno de la vertiente helada,
para ver nuestros ojos en su fuente reflejada.

A razón de lo inmanente

¿Quién conoce la muerte en su aspecto formal
o la hiel en su propia agonía?

También los remedios del ayuno se extinguen
a razón de lo inmanente;
mas son buenas y serenas sus horas,
y ni siquiera el tiempo las contrista.

Quiera la lluvia
acariciarte en esta dicha.

Las veladuras de la carne

Hallo un nuevo regocijo en las veladuras
de la carne.
Cabizbaja una luz extiende las brisas
por sobre el andén meditado.

Y carne y luz se hacen uno solo por
el milagro
de caminar
o mutar;
y de cantando esperar
la soñada lluvia del castillo interior,
adrede.

Vuelvo al viento
resoplando con las olas.
Soy la libertad fugaz a un minuto encadenado,
y me va gritando un aire benigno
con los labios contraídos en estruendo callado.

Campos abiertos: ¡La Eternidad!
Desierto Verde: ¡Espacio de Gracia!

Libre sin saberlo

Soñaba con aplacar el dolor del mundo,
Como un profeta.
Miraba
y apuntaba.
Deseaba sonreír por una vez y borrar
todo el patetismo desclavado del presente.
No le satisfacía la fascinación del sufrimiento.

Y alimentando sus mamíferos instintos,
decidió virar junto a la tierra
hasta sí mismo.

(De derecha a izquierda).

Entonces la mirada distraída del arcángel
encendió sus arterias.
Un hambre infinita sucedió a la curiosidad
que le aquejaba.

Era libre sin saberlo.

Garganteras en las caras de la muerte

Estoy sentado y tú estás sentado.

Fingimos no ser parte del resto
Y olvidar un poco nuestra humana condición,
Vestimos de listones el flácido espejo
Y alineamos garganteras en las caras de la muerte.

Melancólico paisaje

Melancólico paisaje, vano encierro carcelario;
es tiempo ya de abrir ventanas y admitir el desafío
que transforma los musgos en llama
de zarza ardiente.
Mira que ya conozco el reverso de los muros.

Y como si las leyes terrenales me fueran hoy extrañas,
me acosan designios de retórica pagana
destilando nubes de estratósfera vulgar
sobre mi calma.

Danza mi reloj ensimismado en sus cantares,
festejando mi destierro de gloria gentil.

Y sucumbre de fiebres en un rincón, doliente,
la palida mors de una antigua catalepsia.

Inadvertido como la muerte

Quiero pasar inadvertido como la muerte,
como los últimos instantes del ensueño,
como el vano punto de equilibrio
que, sin razón, buscaron pitagóricos silentes.

Desearía ser intangible
para auscultar el Enigma de lo Inerte,
extraviándome en el silbido de su inocencia.

Desearía verle contrito en los brazos
de mi obscuro consenso inteligible.

Desearía coagularlo y mudarlo en sierpe;
rodear sus alas
y hollar el cielo.

Sueño

Sueño que como del pan de la conciencia
entusiasmado en un auténtico festín de sinsabores.

Y sueño estar divagando sobre la causa tercera, -la creada-, diluyendo el licor entre las aguas de una roja efervescencia.

Era predecible hallar un lugar en mis entrañas para las fiestas desguarnecidas del tiempo.

E impaciente me guardaba en lúcidos salmos.
En lúdicos salmos del tránsito hacia las cosas.

Solía preguntarme sobre la brevedad,
sobre la vida,
sobre la hora.
Cogía la tinta substancial
y me explayaba en la batalla de mi sueño…
que es el vuestro.

Yo he sido quien comía de verdades aparentes
y exhibía los dictados de su alma en la tribuna;
quien apenas emprendía una conjura entre lo abstracto.

Uno más
de los existentes;

uno más
como vosotros.

Desfilan colores bajo mi reflejo impreciso

Desfilan colores bajo mi reflejo
impreciso.
Destila una lágrima
en nuestra precisa espalda.

Y traduzco a verbo las percepciones
del invierno
en la vasta celda de lo imaginado;
y vuela más allá de la luz y del sonido
la dinamita de nuestra risa profunda,
la callada perfección de los huesos convertidos.

Hoy, el universo basta.

Los cariños que sin fruto en primavera se agotan

Saber que uno aprende a despedir
los cariños que sin fruto
en primavera se agotan,
imbuido de indiferencia o
sutil agonía.

Saberse uno en el fatal encanto
de la soledad que procura
acabar, en una cruz, las señales de lo ausente.

Enclavarse, en fin, al alma escarchada de tristeza;
diluirse en el aceite y desde allí
cruzar el fuego suprimido de la mente,
para luego hallarse redimido
en el álgebra de un corazón equilibrado

...como si nada
como si nada...

Deja que la multitud avance sobre el templo de la carne

Deja que la multitud avance sobre el templo de la carne;
mi fragua preceptual no lamenta aquel reflejo
ni en su propia sangre ni en su cuerpo,
y aun su cruel malabarismo es auténtica tragedia.

Entonces advierto el amor en su forma involuntaria,
es decir, cuando el polen por el viento transfuga la sapiencia.
Libre quiero ver mi alma sobre penitentes consuelos,
más allá de los desganos o los confines de lo absurdo.

al final de aquellos días llamó a mi puerta el retoño

al final de aquellos días
llamó a mi puerta el retoño
caritativo del discernimiento;
ofertábame un tesoro
que no rescaté de la tierra.

mucho tiempo atrás hube visto
sus pilares desahuciados,
su inclemente y vana ciencia,
y un poco de lo amado.

pero en aquella noche boreal,
había cerrado yo la puerta
sin siquiera responder.

Tacto de la tierra virgen

Tacto
de la tierra virgen,
y un aire volátil
lastimando el cuerpo,
así en la tierra
como en pensamientos.

Cual artilugio
fecundo de luces,
cual segundo
invariablemente henchido,
una llama levemente se apaga
al reflejo superior del alma

Y al final de las estrofas
se mendiga para mí
el pan,
los grumos involuntarios
de un ajeno pensamiento,
cual amargo zumo astringente
de infelices percepciones.

Se abre a la postre
mi anatomía a la ciencia
sin hallarse nada,
ni siquiera escombros
de lejana templanza.

Hay
amor
un mundo abisal en mis manos,
y otro grande
en que giran universos
conmigo dentro;
y el enemigo dual
que atiende
desde retrógrado espejo.

Espermática y obtusa, oculta flor del deseo

Espermática y obtusa,
oculta flor del deseo,
continuada en la gracia
de nutriente savia;
no se ocultan ya en tus pétalos
alegorías,
ni malicia es hallada
en tu legado doliente.

Hemos errado en vano
sin gobierno;
no se ha erguido tu belleza;
y ha sido, al fin, ingrato
todo afán de gloria indulgente.

Invulnerable, ayer, al esplendor del arcano,
más liviana siempre al consuelo
venenoso.

Pero es ley que tu cuerpo no medica,
ni tu fruto alimenta.

Hoy son otros quienes duermen
al amparo de tu licor.

Danzo con la risa, con el otro espejo, con la visión negra


Danzo con la risa, con el otro espejo, con la visión negra
del cuerpo sin hojas
que cubren la dimensión de su vergüenza.

Ahora soy el delirio matutino; otra razón muda
que inerte se labra junto a los besos
del enemigo.

Tañe mis cuerdas
si puedes ser mi parte del reino,
y que mi sangre fecunde la tierra.

Ya me has tomado como la vida
es tomada.

Pues bien, hoy me queda el espacio,
la estancia que he de compartir con su Nombre.
Allí aniquilaré la inflorescencia del deseo.

Protector de mi sombra que desapareces


Protector de mi sombra que desapareces
con la noche y en la unión de las obras
de naturaleza hiriente;
con tu fauna convertida al alma,
con tu flora amante de equilibrio.

Tú que despareces al consuelo,
mas luego te yergues lozano
sobre el palpable firmamento,
pasa tu mano enaltecente
sobre el murmullo del lago,
y transcurre como un largo vuelo de buitres
aquí en mi destierro concedido.

Valedor de mi estrella auroral,
señala tú el sendero impetuoso
y descansa al compás de la tarde;
que la proximidad de los miedos
no me induzcan a llamarte
en vano,
ni me separe de tu gravedad el otoño,
ni se confunda tu Voz con el Silencio.

Yo recuerdo aún tus proverbios
como recuerdan su culpa los prisioneros.

Mediador de la Palabra Primitiva,
que tu Nombre sea auspiciado
en tanto nombres tus misterios
al oído de quienes te esperamos

hasta que nadie te encarne.

Todo cuanto pudo saberse ha sido…


Todo cuanto pudo saberse ha sido…
y no me conviene ya más ciencia que no fuere
la buena industria del entendimiento,
o el amargo vino del amor.

Es vasto el universo,
más me cabe en los puños
con toda la memoria de su hondo misterio,
y no puedo conservar la postura ante uno solo de sus milagros,
ni tampoco atreverme
a perturbar el portal velado
de lo que contenía.

Mira hoy estas cosas desde tu tumba inerme,
hoy que ya eres cosa
o agua,
un viento de entre todos los mas leves.