Ciudad que flotas
y emerges a la luz
como ruina de
leyenda,
ya no develas tu
arcano;
y la verdad que
escondes
suprimió el
silencio indefinido
de las conciencias
a graznido agreste.
¿Para qué volar?
Dejar caer los
restos de un
acto extravagante
en el extravío
monócromo
de lánguidas
azoteas
y alamedas yertas.
Ya me vi en tantos
cuerpos
cruzando tu
sintonía
que es el ruido y
el gris de tus
aceras que nadie
extraña;
ya me vi como la
eterna criatura
que conjura su
alimento
en telaraña.
Así
te estoy surcando.
Yo disparo sobre tu
cielo
de naranja.
Y amo verte llover
sobre una esquina
bajo mil paraguas.