miércoles, 25 de marzo de 2009

Muerto lirio que camina hacia el estanque

Añoranza
del vaho que madura
a perla,
y arrojarlo sobre el río.

Esperanza en el camino
que sortea la savia
hacia su propio sol.

Incesante, el fuego
renueva su curso
aparecido en las hojas:
el río.

Sálvame, madreselva;
luctuoso jarabe de la parra,

que alejado será mi costado
por girones de luz cuajada
y por sábila florecida del río,
entre el murmullo de la hierba
renovada.

Por aquí pasaron
los espíritus migrantes
de la muerte,
y cegaron la avena en espigas
selectas.

Por aquí el pajar se transformó
en higuera,
y ha dejado abiertas llagas.

Sacude el trueno lo espeso
de hojarascas dormidas. Nocturno.
Y me aturde en la recóndita
novena
de raíces y ceniza,
de muerto lirio que camina
hacia el estanque.

Vuelve la tarde recóndita
aparecida,
en la llama fugaz que atraviesa
los cuerpos.

Otra vez en mi sierpe el espíritu se rebela.
El infinito descanso reconocerá su ofrenda.


domingo, 15 de marzo de 2009

He salido a pescar

He salido a pescar y el agua,
apenas advertida,
narraba en su transcurrir
los denuedos futuros
de la llama albina
sobre el alma.

Y una glauca, levitante,
hoja
con tirillas de ramales rendidos,
y un paraguas natural, péndulo verde,
del árbol al que me arrimaba
fueron toda mi hazaña esa tarde
sin peces, chubascos
ni calzado.
Y sin sombras del pasado
que discurrieran
en la grava para hacer
más solitaria mi tarde.

Alejábase una nube.

Pudo ser el viento

o el ansia de nuestros cuerpos ermitaños,
adivinados en la forma
de las flores de tubérculos maduros,
o el sonido de cereales
cuando les peina, desentendido, el viento;

o el oficio de sentarse a esperar que atisben
los peces, mientras pierdes
los zapatos en el afán, y la cigarra
cartuja
vivaquea por los sotos;

pero no las sombras del pasado
que discurren en la grava
para hacer más solitaria

la tarde.

jueves, 5 de marzo de 2009

De semanas y huertas

Noche fugaz; vida misma que vuelves
a mi mano y en el pan
cada mañana, con el asno y la canasta
que madrugan.
Mansos camaradas nuestros: el pan,
los piñones,
las madrugadas
de lluvia; la vida.

Yo les saludo con alfombras de retamales
y margaritas blancas,
o con clavelillos que crecen
a un lado de los nogales
para curar de miedos o tristuras;
yo les saludo con el pañuelo
recamado de Arlequina,
con el clarito fermentado que los sábados
desentierra Marina
del traspatio.

Ya luego, a retozar en el alero,
junto a los membrillares abuelos,
y ver la vida pasar
desprovista de afanes,
como arreboles o pétalos parabólicos;
como casta y larga
voluptuosidad de pascua florida,
como fiestas patronales de prendería

que hasta en los cielos reverberan.