Me habían dicho que la muerte es
el descanso que tanto ansían quienes esperan la partida y que, sin embargo,
dibuja un rostro feliz en casi todos.
Me habían advertido también que
las muertes violentas impregnan en el rostro de sus víctimas el terror de los
últimos instantes.
Me habían dicho tantas cosas;
había leído tantas crónicas policiales; había visto tantas fotos macabras en la
sección de policiales del diario “Primicia” (aquella vez, cuando el buen Juan
Escobar me las reveló como a un niño a quien se pretender sorprender con el
cromo difícil del álbum). Casi todo ello había generado en mí algunas de esas inmensas preguntas celestes que solo la
paciencia y la metafísica se han encargado luego de contestar. Y sin embargo,
no había tenido una visión indirecta de ese tránsito de la vida a la muerte,
esa delgada línea de luz. Hasta entonces.
Patrullábamos al filo del nuevo
día. El piloto de mi camioneta se desquitaba con los ebrios y prostitutas unas
ganas inmensas que tenía de dormirse o largarse; amortiguaba en algo el karma
de ser ángeles de la noche con unas salsas prehistóricas que radio Panamericana programaba a esas horas de
la madrugada; la memoria del último caldo de gallina de las diez de la noche en
Mercado Mayorista era lo más cercano a la felicidad aquella noche.
En circunstancias como esas, tan
solo el reporte de un accidente de tránsito tiene la virtud de sacudir modorras
apelando al ego de la codicia…Y pasó. Alguien llamó de improviso reportando un
accidente en plena calle Giráldez. Y aunque era casi la una de la madrugada,
casi todas las unidades disponibles salimos disparadas en busca de lo propio:
la adrenalina, una emoción singular, quizás alguna foto en la portada del
diario, la recompensa del SOAT… Pero al llegar no había carro averiado, ni
gente arremolinada, ni nada de lo que normalmente se puede encontrar en esa
clase de accidentes. Nada digo, solo un sujeto tirado en la avenida como única
evidencia de lo acontecido. El impacto del auto contra su cuerpo le había
fracturado la pierna, y para entonces ésta lucía casi el triple de su tamaño
normal y estaba evidentemente rota. El auto, en cambio, se había largado quien
sabe a donde.
Me tocó a mí comprobar los signos
vitales. Mi experiencia en primeros auxilios – que para entonces era mas bien
teórica, al igual que toda mi elocuencia en medicina legal, farmacología y
rollos afines- me dieron el conveniente aire de suficiencia para encargarme del
asunto. Toqué entonces un cuello que todavía estaba tibio, pero sin el pulso
vital característico de la carótida que tardé demasiado en adivinar. Obviamente
tampoco respiraba. Un hilo de sangre negra destilaba de su boca. Sí, estaba
muerto. Bien muerto. El resto de contusiones y magulladuras era contundente. Fuera
de todo esto, diríase que el tipo lucía tranquilo, como si la muerte no hubiera
sido para el sino el mero desenlace de un adormecimiento infantil, casi un
desmayo de pantomima. Dimos el reporte a la base para que estos, a su vez, procedieran
con el trámite de ley: avisar a la policía y al señor fiscal de turno; ya luego
tirar el muerto como un costal a la camioneta para su traslado a la morgue.
Sin embargo, recuerdo de aquella
noche un impulso diríase anormal para esa noche de protocolos fríos y formales.
Renació en mí un cierto instinto de
monaguillo viejo. Al ver a ese pobre
sujeto muerto, tan lejos de su casa, enfriándose abrazado del pavimento,
convertido casi en otra cosa abandona en la calle, me acerqué discretamente y
dije: “dale Señor el descanso eterno…”; acto seguido le hice una señal de la
cruz que me sorprendió mas a mí que a mis colegas. Uno de ellos, testigo de
Jehová, me vio casi complacido. Y es que todos somos hermanos por obra y gracia
de la muerte.
Esa misma noche un borracho murió
también esta vez congelado en un descampado.
Antes y después, en aquel mismo
oficio de patrullar la ciudad, conocí otros tantos cadáveres como me permitió la
parca: una orate estrangulada y violada, a la que encontramos en un basural con
un hijo todavía vivo que lloraba buscando lactarle; un suicida, ya con el rigor
mortis acentuado, tendido frente a la casa de la novia con la que había
terminado una semana antes; un travesti colgado de su chalina de siete colores…
En todos ellos vi ese tránsito que nos sugiere que ya no estamos frente a un
ser, sino junto al cascarón de algo que alguna vez estuvo vivo. Sospecho ahora
que, en todas esas ocasiones, conocí el alma en forma de ausencia.
Ahora que escribo esto ha pasado
ya buen tiempo de todas aquellas experiencias, pero aun cuando la pereza no me
gana rezo una plegaria por todos los que mueren solos o en accidentes; por
todos los que no tienen chance a la hora del último karma.
Ojala todos lo hiciéramos. A
veces siendo testigos de la muerte súbita comprendemos que todos somos hermanos
en la tragedia de habitar este planeta.
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