No conocía de ella sino el
silencio. Porque al principio la recorrí en la sordina de sus noches, dentro de
la patrulla, a la una o dos de la madrugada. Entonces pude sentir su aroma a
césped y a riachuelo oscurecido, corriendo hacia la mar que es el morir; sentir
también pude el murmullo congelado de una tierra que parece caminar a lado
tuyo, invisible. Cuando presientes, de pronto, en el espacio vacío, el ánima de
algunos muertos.
Pero esas ánimas no son las más
tristes a pesar de todo. Los que penan más son los fantasmas de quienes se
fueron, y que vienen a recoger sus pasos en las casas que Ocopilla ya no
alberga más. Estos aparecidos buscan a sus amigos o a sus parientes deambulando
por las calles de lo que recuerdan de sus tiempos infantiles, pero ya no las
encuentran. Se han ido también. O, en el mejor de los casos, están muertos.
Entonces puede ser que se encuentren.
Pero ocurre que, a veces,
Ocopilla se ha olvidado de estas almas. Cuando esto pasa, la pena de los
espectros es más triste. Yo la he sentido. A la una o dos de la madrugada,
paseando por sus calles dentro de la patrulla; sintiendo la curiosidad de saber
si algún día yo también recogería mis pasos por esas arterias tan lánguidas. O
eso recuerdo.
Ya luego vino Zenaida, como el
tiempo de la helada. Porque era mayo o junio cuando apareció. Entonces la noche
era una hoguera que transpiraba en atmósferas de palo santo y adobe; y el
césped jugueteaba con ese riachuelo oscurecido que se dirige, sin prisa, a la
mar que es el morir. Entonces yo caminaba entre la violencia cotidiana de mi
oficio, y la pasión que se atreve a su secreta ternura; la que se despoja del
rubor a medida que transita el inacabable sendero de la cópula. Porque era el
tiempo de las heladas.
Zenaida y yo compartíamos las
soledades de ese tiempo glacial. Allí, yo era el héroe televisivo en un
programa que nadie veía, porque era mi historia, y de la que Zenaida conocía
tan solo lo yo que puntualmente le contaba, o lo que puntualmente nos unía.
Pero nunca fui bueno para contar las historias como hacen algunos, como si
fueran mimos o cuentacuentos frustrados, con ese mar de giros y de muecas. En
fin. Zenaida tampoco era tan buena oyente como si lo era para otros afanes.
Ella también vivía su propia serie de televisión. Pero mientras la mía era un
policial, en el que nadie resolvía nada; la suya era mas bien una telenovela
donde todos eran héroes y villanos al mismo tiempo, salvo ella. Y así, juntos,
íbamos creando un género nuevo, donde la muerte asumía el rol de único final
posible.
“Cuídate, por favor, que si te pasa algo me muero”, me decía todos
los días antes de irme a trabajar.
A la una o las dos de la
madrugada algunas almas recorren Ocopilla; pero de todas las más tristes son aquellas
de los que ya se fueron, de los que sólo vuelven para recoger sus pasos y que
Ocopilla no les recuerda.
-Hernando, están penando.
-No me fastidies, oye ¿No sabes que mañana tengo que ir a las seis de
la mañana al desfile de mierda ese?
Pero Zenaida no me escuchaba
mucho. En su telenovela lo que abundaban eran los monólogos.
-Pobrecita la Yusara. Ahora se está condenando.
-¿Ese cabro? Bienhecho que lo hayan matado.
-No digas eso, Hernando; debes tener un poco mas de respeto por las
almitas, por que algunas se molestan y después vienen y te pisan.
-Ese cabro que va a pisar a nadie, oye; todo lo contrario.
-Basta, Hernando. Mas bien reza conmigo para encomendar su almita a la
Virgen del Carmen, que es la que saca a las almas del purgatorio.
-La virgencita es homofóbica, Zenaida; sino pregúntales a los curas...
-Cállate y escucha, Hernando, como aúllan los perros al sentir su llanto.
Tú te burlas porque eres serenazgo y todos los serenazgos son malos, porque les
quitan sus cosas a las señoras que venden en la calle, pero no vale ser así…
-¡Ay, Zenaida! Esos son los policías municipales; además se dice
serenos, y los serenos a los únicos a los que les sacamos la mierda es a los
choros y a los burbujones como la Yusara.
-Tú dirás eso, pero la Yusara era buena gente; además me daba pena
porque a veces se maquillaba hasta con unas témperas de colegio que la pobre
Yusara tenía que comprarse en la cachina nomás. Ah, pero eso sí, en la fiesta
de octubre, no sé cómo, pero la Yusara se conseguía su traje para bailar la
chonguinada. Pobrecita, no se merecía morir así. Pobre Yusara, voy a rezar por
su almita a la virgen.
Entonces la noche se hacía una
hoguera transpirando en atmósferas de palo santo y de adobes. Eso, y las
heladas que tienen la forma de una vieja horrible. Horrible como los días de
desfile.
Porque la vida era el olor de la
tierra concentrada en las paredes, las velas, el dolor de las falanges bajo el
agua lavando la ropa, las llamadas de la madre de Zenaida desde Italia; y yo,
llegando despeinado a la casa de Zenaida, luego de mi serie cotidiana.
Despeinado por llevar delincuentes a pagar tributo en la comisaría; despeinado
de rescatar suicidas ni sé para qué; despeinado de despejar la calle de
burbujas, de burbujones, de cafetales, de lo que sea. Despeinado de mi serie
policial en la que nade resolvía nada nunca. “Como jugando se pasan los años, Hernando ¿Cuándo volveré a abrazar a
mi mamá?”.
Y cada noche o cada mañana al
regresar a la casa de ella, sabía que cambiaba Ocopilla también un poco. Transformábanse
los adobes en ladrillo y el barro en cemento. Era obra de las ánimas que se
fueron a otros continentes. Pero con la noche volvía el silencio en el que me
presentaron Ocopilla. En nuestra vaga novela, haciendo escarcha del vapor trepado
en las ventanas, mientras se presentía, en el vaho de la atmósfera, un canto de
ánimas; de ánimas como la Yusara, por ejemplo, y también de las que se fueron y
ya no se reconoce su canto porque el eco de los otros continentes no tiene ese
sonido del conjuro de los brujos en la penumbra de un paisaje a orillas de una
vertiente.
“Vamos a
rezar, Hernando. Están aullando los perros, porque seguro hay un almita que
está penando. Un almita abandonada como cualquier cosa que se te cae al suelo.
Como una florcita arrancada y pisoteada. Como la Yusara, por ejemplo”.