martes, 14 de septiembre de 2010

Las tres revelaciones de Al Kindi

Una noche de verano Al Kindi contempló la belleza rosácea de Venus que pendía en el firmamento como guía de caminantes. La sintió, más que nunca,  cercana a Bagdad, como si fuera parte de la  ciudad o como si el lucero hubiera decidido alumbrar únicamente sobre ella. La noche tenía el perfume de los jazmines y las dalias que se colaban desde un jardín cercano al alminar. Presintió entonces que la vida es una sucesión de sensaciones y emociones, y que la sabiduría consistía simplemente en la sabia combinación de ellas; es decir, en la capacidad de saber responder con precisión  al estímulo o sensación que se adivina en lo externo: reír con las paradojas de lo cotidiano, llorar porque una lágrima es más dulce que la rabia, amar la armonía en todo y en todos o porque el mismo amor hace armónico lo deforme, aborrecer las injusticias, cumplir devotamente los mandatos de Dios, no olvidarse de las limosnas ni de los ayunos. “He allí la felicidad”, pensó finalmente en voz alta.
A la siguiente mañana, arrobado aún de la epifanía nocturna, explicaba a sus discípulos el tratamiento de los malestares gástricos.
Las enfermedades de los intestinos y del estómago –dijo- vienen por nuestra falta de comprensión de la vida. Comemos cuando no hay hambre, bebemos cuando no hay sed. El Corán bien nos habla de cosas como éstas. Cuando seamos capaces de entender las señales que Dios nos envía a través de nuestros propios órganos y sentidos, entonces no habrá enfermedad.
Ali Bakar sonrió y dijo:
-          Dice usted, entonces, que si de pronto se me ocurre comer dátiles y huevos de gallina a medianoche, aunque corra el riesgo de un empacho, debo hacerlo solo porque, según usted, este mandato sensorial es también un mandato divino. Entonces si acaso enfermara ¿Por qué Dios me mandaría a hacer algo que va en contra de la razón y de la propia ciencia?”
Otro discípulo, acaso menos severo, completó la idea:
-          ¿Por qué ocurre entonces, maestro, que a veces tenemos hambre por las noches, sobre todo durante la luna nueva si sus propios mandatos señalan que no debemos probar alimento alguno luego de que nuestros ojos no sean capaces de distinguir un hilo blanco del negro? ¿Esa hambre acaso no es señal de Dios?
Al Kindi contesto:
-          Vuestras observaciones son prudentes y, sin embargo, vosotros habéis dado al mismo tiempo con la cuestión y la respuesta. El hombre siente también hambre durante los días de ayuno y ésta es ciertamente una señal divina. Sin embargo nuestra razón no puede consentir que Dios se contradiga a sí mismo, mediante el hambre por un lado y el mandato del ayuno por el otro, según el ejemplo que os he planteado. Realmente Dios mismo es límite de toda sensorial inspiración y, en este caso, es el hambre aquello que hace más perfecto el ayuno. Entonces podemos concluir que, si en algún momento sentimos un deseo contrario a aquello que Dios mismo ha prescrito, debemos preferir la ley por sobre la inspiración, pues entonces la mortificación del deseo por los mandatos de la Ley tendrán la función de hacer más perfecta nuestra fe. Dios solo quiere lo bueno para nosotros, y aquí es preciso anotar que aquello que es bueno por la fe es necesariamente también bueno por la ciencia.
Y, tras esta única salvedad, la espontaneidad se convirtió entonces en norma y razón absoluta entre los discípulos de Al Kindi a lo largo de Bagdad. No era extraño ver lágrimas brotando por la madrugada cada vez que un discípulo creía advertir las letras de una palabra sagrada formada por las nubes sobre el cielo purpurino del alba, o cuando las aves parecían traducir a trinos los velados mensajes de un heraldo celestial. Se vio asimismo a varios otros adeptos pasar minutos, y hasta horas enteras, abrazados de personas, animales o árboles solo porque así lo dictaban sus impulsos del corazón. Se dice que, en medio de todo este frenesí contemplativo de inspiraciones, un hombre llegó a regalar todos sus bienes a las viudas y que otro, igualmente rico, arrojó sus tesoros a un pozo abandonado; inclusive los más pobres eran sorprendidos en actos de locura; adornándose de flores los turbantes o bailando con el canto de los pájaros.
Al Kindi mismo pasaba largas horas sorbiendo una misma semilla de datilera, como si buscara un sabor inapreciable, mientras componía y cantaba deliciosas canciones que eran alabanzas al vino o al amor.
Pero entonces los casos de enfermedades mentales aumentaron vertiginosamente: Abu Sakar, el panadero, resolvió un día treparse al techo de la casa de su suegra y no solo se rehusó a ser retirado de allí, sino que además dijo que se alimentaría exclusivamente de granos  y que no pronunciaría más palabra que dos o tres “quiquiriquíes” al despuntar el alba. Cosa que cumplió para asombro de todos. Del mismo modo, el mercader Sikandar comenzó a hablar en una lengua que absolutamente nadie más comprendía. Pronto su familia se unió a la locura y no era raro verlos discutir en medio de palabras y gritos indescifrables y estrafalarios.
El asunto llegó a un clímax particular cuando unos renombrados muftíes provenientes del Luristán quedaron escandalizados al ver a dos muchachos agarrarse a golpes pero sin ira ni furor, sino envueltos entre risas y frases piadosas.
Estos muftíes se dirigieron a la academia de Al Kindi, alertados por los peregrinos de que tales locuras provenían de las cátedras pronunciados por el célebre médico. Ni bien llegaron, un hombre les recibió con las babuchas sobre la cabeza: “El señor Al Kindi ya os está esperando, una señal de los pájaros le alertó de vuestra llegada”.
Solo hacemos aquello que dictan nuestros corazones. – Dijo Al Kindi a los sorprendidos muftíes-, pero en ningún momento hemos trasgredido los mandatos del Misericordioso. Incluso Abu Sakar come sus granos antes de que sus ojos sean capaces de distinguir el hilo negro del blanco.
Al Kindi narró detalladamente el origen de sus inspiración y de sus razones a los muftíes, y de cómo todas estas aparentes locuras  eran simplemente la expresión de una purísima conexión del corazón con sus más nobles instintos y que no eran otra cosa que la más transparente comunicación de Dios con sus criaturas.
La narración parecía bastante razonable, pero uno de los visitantes era el célebre Ibn Kandir, quien ya había conocido de delirios místicos semejantes a lo largo de su largo peregrinaje por las tierras del Señor, y éste fue el único que pareció entender la clave por dónde podría enderezar el sendero del inspirado Al Kindi y, con él, el de toda la población a su cargo.
Ibn Kandir invitó a Al Kindi a subir a lo alto del minarete desde el cual se podía contemplar la majestad completa de Bagdad y, juntos esperaron pacientemente el final de la tarde hasta que las penumbras dieron paso a la radiante luminosidad de Venus custodiada de sus ángeles.
Entonces, ya con la luz rosada del astro amoroso frente a sus ojos, dijo Ibn Kandir:
-          ¿Ves la belleza de ese astro? Es simplemente la belleza natural de lo que nada espera. Es una expresión transparente sobre la que en vano podemos argumentar razón. La belleza de Dios en ese astro se proyecta con naturalidad. Pero así como en ese lucero, La belleza divina también se proyecta en nosotros, pero somos incapaces de percibirlo porque tenemos los sentidos atrofiados. El día llegará en que abandonaremos las ridículas expresiones intrínsecas de nuestra naturaleza  mortal y entonces su voz real se dejará oír por sobre nuestra burdas imitaciones o imposturas, y su rostro asomará ya sin máscaras. Mientras tantos no son sus ojos sino los nuestros los que ven las cosas, ni tampoco es su razón sino la nuestra la que cree comprender las cosas. Nuestras decisiones no son Sus decisiones sino las que arbitrariamente confunden nuestros sentidos.
Al Kindi, que nunca estuvo loco sino simplemente arrebatado de inspiración, comprendió entonces que su discernimiento había sido dirigido hacia el contemplante y no hacia el objeto contemplado. Sucede así –pensó- cuando confundimos la embriaguez con el vino o su aroma, o cuando no diferenciamos la sabiduría de un signo divino de sus meras sensaciones.
Al Kindi no dijo entonces palabra, y solo abrazó al maestro Ibn Kandir en señal de reverente gratitud.
La mañana del siguiente día, Al Kindi mostró el corazón de un cerdo a sus discípulos.
-          ¿Qué estáis viendo aquí? – preguntó.
-          El corazón de un cerdo – respondieron los más perspicaces.
-          Y bien ¿por qué este corazón es el de un cerdo y no el corazón de un hombre, si sabemos bien además que el corazón de un cerdo es idéntico al corazón de un hombre?
-          Porque el corazón de un cerdo nos ha sido permitido de contemplar, mientras que las leyes sagradas nos tienen prohibido mirar el corazón humano – anotó Ibrahim, quien solía seguir el principio según el cual las respuestas más simples son las correctas, según lo predicado por el pagano Jafer de Giza.
-          El cerdo, sin embargo, es también un animal prohibido y… - opinó un jovencito, cuya virtud era de todos conocida. Sin embargo guardó prudente silencio y no terminó la frase.
-          Sí – dijo Al Kindi-, pero yo os digo que también vuestros corazones de humano serán corazones de cerdo, aunque surgieran de entrañas humanas y no de entrañas de cerdo.
-          ¿Y cómo es posible eso? – preguntó el joven piadoso.
-          Lo que hace cerdo al cerdo son los instintos y el lodo en el que se revuelca. – Completó la idea Al Kindi. – Si vosotros seguís el dictado de vuestro instinto, vuestros corazones serán de cerdo aunque sean llamados corazones humanos. Pero si vosotros rechazáis el lodo de la infamia y os atrevéis a mirar el cielo y a ser uno con el dador de toda vida, tendréis el corazón del hombre y, más aún, el corazón del mismo Dios habitará en vosotros.
Una nueva revolución espiritual sacudió entonces Bagdad. Las primeras revelaciones de Al Kindi fueron reemplazadas por las segundas revelaciones de Al Kindi. La ciudad ya no era más una simple ciudad para los adeptos del médico, sino un ardiente reflejo de los cielos; y las flores en los jardines ya no eran simples inflorescencias de la vida vegetal en sus diversas formas, sino que remedaban a los ángeles en su virtud y en su candor, pero también en la admirable geometría de sus formas y disposiciones.
Fueron calladas las palabras impúdicas de los sentidos y, más aún, de los instintos. No se quiso pronunciar desde entonces otra cosa que no fueran palabras ubicadas en la razón y en la voluntad de Dios. Los pasos al caminar, inclusive, ya no eran solo meros pasos sino que pretendían ser representaciones de los movimientos que la vida ofrece en sus infinitos tránsitos a modo de lecciones de trascendencia. Los juegos de las damas en los jardines aderezados de ónix y marfil decían ser alegorías de los inexplicables sorteos de los hados con que se forjan las almas. No había mirada sin sabiduría ni descanso que no fuera, a su vez, visita celestial. O, al menos, eso se pretendía.
Corrieron rumores de que el Paraíso había vuelto a instalarse en las inmediaciones del Éufrates y el Tigris; llegaron peregrinos de toda la tierra atraídos por la virtud y la santidad de sus habitantes. Abu Sakar, por su parte, ya había dejado de cantar por las madrugadas como un gallo y se decía que sus panes eran artísticas representaciones de la arquitectura divina, masas forjadas al igual que las esferas entre el calor primordial de las creaciones.
Pero entonces pareció que los hombres lejos de asemejarse a Dios se asemejaban a los minerales sombríos y carentes de expresión; la impostura general hacía lucir todo opaco. No es que todo no fuese correcto, sino que parecía como si los colores hubiesen perdido el brillo natural en Bagdad y los peregrinos que llegaban curiosos de virtud pronto se retiraban abrumados por insipidez de los discípulos alkindianos.
Y fue así que una tarde, mientras Al Kindi atendía a unos paralíticos que por entonces habían aumentado considerablemente su número, como si la parálisis corporal fuera un reflejo de la parálisis emocional que ahora embargaba la ciudad, el médico se preguntó si efectivamente se estaba reflejando a la divinidad en la vida y en la obra de cada ser, o si es que nuevamente la razón humana lo había confundido todo. Se preguntó si remedar el reino de Dios con las limitadas herramientas humanas no sería sino una vil caricatura y si las palabras de Ibn Kandir no habían tenido acaso otro sentido.
Aquella noche, Al Kindi, volvió a subir al minarete. Percibió que las luces ya no lo emocionaban como antes y que su número parecía haber descendido. En vano buscó a Venus. Las disposiciones astrológicas de la fecha lo impedían. Pero en aquella oportunidad, Al Kindi, subió al minarete provisto de un vino; recordó que hacía mucho que no probaba licor alguno y solo lo usaba como referente en sus poemas. Entonces bebió lo suficiente hasta ver las estrellas bailar en el firmamento, pero tampoco tanto que le hicieran correr el riesgo de caer desde lo alto. Y fue en este equilibrio de embriaguez y razón que todo halló nuevo sentido.
A la mañana siguiente, Al Kindi, provisto de unos vidrios de aumento, inició su célebre cátedra sobre los defectos del ojo sin una sola referencia a los profetas.

lunes, 13 de septiembre de 2010

Tu Senda


Tu Senda es cada espacio pues Tu Voz
es cada voz que te reclama.

Ironía.

Se te busca cuando habitas
en silencio a nuestro lado.

Es de los ojos pues el viaje que, de a poco,
se abre para reconocerte
y, mansamente, entregarse.

Es de las manos la búsqueda
hasta hacerse Manos Tuyas.

Es de tus pasos el Camino
hacia el discípulo
que, al fin, cansado de la jornada
lo deja todo
para seguirte.