Quien mira sus ojos jamás podrá olvidarlo.
Aunque sea por breves segundos entre la bruma en que transitan las imágenes del ensueño.
Aunque su impenetrable destello no haya dado tiempo para saber si aquella claridad correspondía al color gris o al de la avellana, al de la miel o al azul de cielo.
Una vez que has mirado sus ojos es imposible ya volver los pasos hacia atrás por la senda que un día tomaste, peregrino.
Pues en cada esquina verás la huella de su fértil cayado, el sudor de su frente en cada fuente, el perfume de sus pasos en cada rosa.
Porque sabes que te miraba posando la luz más allá de la forma; dibujando –sin duda- el contorno de tu alma con su aliento.
Porque apoyado en esa roca y sin Palabras viste, como en lo hondo de un claro pozo, tu destino.
Y cuando el vértigo de la Luz te convoca no hay sombre tenue o espesa que se resista.