V
Hubo una última templanza en el miedo,
una breve levitación en las sombras.
¿Para qué transgredir el infinito
y sembrar de jacintos fúnebres
el páramo?
El azul irreprochable de la muerte no perdona
ni de lágrimas,
ni aullidos.
Traspasaste el umbral y era blanco,
el templo de los ayeres solo vidrio,
la franja de los escalones de mármol,
y transparente, como lágrimas, el olvido.