sábado, 26 de abril de 2008

Anónimo Hacedor

Clausurada la conciencia
ya
de un solo nombre estático

El vestigio de los sentidos
nos enfrenta al Uno,
y descubre en la llaga del sustantivo
lo inasible del ser
en cuanto alcanza.

Entonces, y desechado el Nombre
conjúrase a sí misma la palabra,
y es versículo de
unánime rapsodia:

Aniquilado el Nombre

Por sí mismo el Verbo basta.

Morador Oculto

Habito tras la puerta.

No me busques.
Parece que la noche persigue
tu infancia,
o naturaleza muerta.
Duro es el pan
de cada día que ayer fuera.


No me busques.

Que tomar puedo prestada
tu ropa
y
confundirme con la propia esencia
en el velo cúbico
de otra realidad:
La Nuestra.

Naturalmente,
y como quiera que tu
principio en mi forma será
reducido al insignificante
ALELO,

No me busques.

El Peregrino de la Madrugada

El cuerpo de su palabra hermana.

Posible era
su corazón reverberante,

posible su Gracia.

Buscaba en las noches recóndito
su impenetrable
don,

la venerable llama de la cierta
oscuridad,

antes de la desintegrada forma
de los días;

Su Nombre y Su Carne
a los cuatro puntos del transparente

peldaño;

y a la unánime razón que subsiste
a su figura.

Ya sea que en los caminos cegados
nuevamente tienda la hiedra
el sutil velo de sus sueños. Ya sea
que las únicas fracciones del tiempo
hayan perdido el derrotero
de sus ánimas errantes y erradas.

La luz es perfectible
desde el otero.

La luz es inaccesible
desde el alma temporal.

Buscando su madrugada
sediento, en el aspecto
elemental que transfigura la
muerte.

Sabré de su última vertiente convertida;
de la última sangre que se
vierte por
el tiempo trascendido ya
de la carne;
o en la resurrección de su
tercero día incierto.

Y entonces, en el círculo de su
corazón humillado,
renacida la palabra,
sumergirá la Idea, la Noción
en leche
y en fruto de vid evaporada.

Porque se fecunda la tierra
al tercer aspecto de su muerte
que es la vida.

El Dios de la Geometría

"tus padecimientos constituyen el tesoro
comun de todas las almas"
Perreyre: "Le journée des malades"


Ha visto el Testigo el plano, y lo ha nombrado
en un razonamiento; en un geométrico diseño que
es sueño, y que se pierde en las tangentes
inaccesibles de la muerte, y que hoy te nombro.

El Arbitro es sus perímetros azules te delinea,
el fuego y tú son vértices que geometriza;
el agua y sus virtudes de la guerra. Yo mismo
en sus líneas infinitas me encuentro justificado.

Y tú me dices si son las manos en el muro
postulado de su indiferencia. Y la rubicunda
hematíe integrada en su sueño de tercer día,
sublimada crueldad; mística violencia; desequilibrio.

Mas, yo escucho su rugido clamando en el desierto,
y ese vértice que eres se está siempre prolongando.
El Subsistente espera en las medianas de conciencias;
y aún va soñando con emoción la arquitectura que
buscamos. También tú eres su mano siniestra.

Tú y yo en el muro esperando estamos.
Tú y yo sedientos y ahítos.
Tú y yo en secreta dicha.

El pórtico de ese muro estará abierto un día.

(Que los signos congruentes del Oculto asi lo permitan).

Amaru

En un soplo
la serpiente se elevó sobre
las lluvias,
y silenciosa viajó
sobre
su oráculo incendiado.

La sierpe
devora el valle de la ceniza.


La sierpe
es apenas un cauce
de mar silente
y agrio.

Y los ojos innombrables
que adormecen en la
duna
esperan
con fervor la huida;
y la luna,
la sagrada huella
de un mediterráneo.

Los pacientes clavos
sumergidos en la arena.

Descubriré mi corazón,
laringe,
entrecejo
sobre las peregrinas almas
que han desembocado
hambrientas

al Ganges.

Solsticio

Atesora esta tarde las rosas silentes
de la nieve ermitaña;
murmura en aquilón la verdad de
las cosas;
en la umbría coordenada
del frío y su rubor sonámbulos.

Y conspira la idea con su imagen
de sublime datilera sacudida ante sí misma;
verde, sobre su verde pastura.

La imagen
ya ha nacido y se forja en la mistela
de un invierno arrepentido tras la verja.

Arrulla, signo relevante, la acción
de estos sinceros pensamientos en cal,
de la estación y el sonochar;
como se consuela el alhelí del mausoleo,
y en la valeriana, los temores novicios.
La idea es el invernáculo
del númen invocado.

Un péndulo sobre el lago codiciado.


Maithuna

1

Tres caídas
de la muerte, del tiempo
o lo imperfecto;
el singular precepto
que emigra al hombre nuevo,
y la octava justicia
que alguna vez el alma osara.

Mano de su Mano, la mía.
Herramienta.
¿Qué habría
soñado ayer
si no lo fuera?

2
Este oculto semen era
blanco
como el ímpetu profano
del odre.
Blanco

Manifestado en la mentira
por su mentira,
asumía algún honor de cada nota.

Y aquel blanco era el bien y punto de partida;
el ícono,
Cuerpo;
también ausente ciencia;
Alma que acogiera la mar
inmaculada del Universo
al ensueño
de su razón primera.

3
Tú conoces la cordura inocente
del sexo
o la conciencia.

La semejante luz de
materia presente.

En lo blanco hubo todo color,
toda luz,

toda ciencia.

El Libro de las Lamentaciones

Somos la huella que Él ha enviado. La alteración de una palabra refinada.
Tetracordio. Volver a entonar el profético canto y, sobretodo,
alumbrar el sendero de otros. ¡Ay, si nuestro camino está en tinieblas!
¿Cuántos universos llamará el eclipse? ¿Cuánto tiempo vulnerables a la luz?

No tardes, que la pena nos debela.

Y, al crepúsculo de todo, la curvatura inasible;
el viento imperceptible que en el camino contiene.

Es una blanca llama de los desiertos en que su ímpetu descansa;
y nuestro único abandono a la salud del contero
y de las rosas.

No tardes, que la pena nos debela.

¿El viento será o la cotidiana negación que extenúa?
¿o la vara de hierro postrera que nos alcanza en la magnitud
de la piel escarmentada y de la estraza? Pero oficiamos
y yantamos del pan, y bebemos del agua. Solo es ficción
lo que de su Grave Sustantivo nos separa.

No tardes, que la pena nos debela,

y nos ama.

El Ojo de Shiva


Nube láctea
que se puebla inútilmente,
gravita
cual vasto círculo exhalado;
minuto y sílaba de ayer
a naturaleza presente.

Y traducirá tu armónica accesible
los pétalos de un cosmos imaginario;
los versículos de ayer
en una nota fugaz.

Que todo es fugaz.

Sus brazos cardinales
alcanzan la esfera.
Espera
el licor maduro de su danza amarga,
larga
como el alivio de la condena.

Se confirma, tal vez, en esto la verdad
que es la noche
un pendiente del día.

Nube Láctea.

Caridad.

Testimonio


Yo sé que, oscuro, he sentenciado el sigilo
de una memoria, apenas descifrable, grabada
por otros que anduvieron el mismo sendero
que hoy nos turba.

Yo sé que hemos bebido del vinagre sobre un panal
destilado, y que hemos adivinado  imperfectas consonantes
en las minúsculas leyendas que somos.
Entonces asimilamos la elocuencia
primitiva, la sentencia
y hasta la queja que nos enuncia.

¿Quién nos puede devolver la antigua ruana,
la inmerecida sublevación del continente,
los fragosos cabos y el rebaño entero?

Solo existe el eclipse que todo lo conserva,
el sepulcro antiguo de nuestros nombres innumerables,
el río donde bebimos todo lo que nos conforma;
y ese signo celeste que nos agobia o nos elude.


Plegaria


Añoranza
del vaho que maduró
a perla
y se arrojó sobre el río.

Esperanza en el camino
que sortea la savia
hacia su propio sol.

Incesante, el fuego
renueva su curso
aparecido en las hojas:
el río.

Sálvame, madreselva,
luctuoso jarabe de la parra;
que alejado será mi costado
por girones de luz cuajada
y por la sábila florecida del río,
entre el murmullo de la hierba
renovada.

Por aquí pasaron
los espíritus migrantes
de la muerte,
y cegaron la avena en espigas
floridas.

Ya por aquí el pajar se ha transformado
en candela,
y ha dejado abiertas sus llagas.

Sacude el trueno lo espeso
de la hojarasca dormida. Nocturno.
Y me aturde en la recóndita
novena
de raíces y ceniza,
de muerto lirio que camina
hacia su estanque.

Vuelve la tarde recóndita,
aparecida
en la llama fugaz que atraviesa
los cuerpos.

Otra vez en mi sierpe el espíritu se rebela.

El infinito descanso reconocerá su ofrenda.



Epifanía

Ya no añoro en ti sino
los lácteos universos que asombran;
es decir, el ánima primaria;
es decir, el ojo con la flama que devela;
es decir, tú misma en la inmaculada
sombra de tu sombra.

Y glauca, la sombra menguante
de los otros, que
ni siquiera en nuestra noche nueva
existen.

Pues el ojo o la luz
son;
y nada en el vacío permanece;
ni siquiera la mentira primera
de acabar,
o la impoluta transición
de la materia en olvido.

Sobre todas las cosas,
un puente
se teje.

Déjame ahora recordarte, que
ser recordado es ser
percibido.

La Levedad del Karma

cubierto universo; la bruma
ahora exhala el mismo sueño
de sus muertos y, nuevamente
en la marea, arrojadas las guirnaldas
de granados crisantemos, labra
el azufre redimido en su discordia.

el viento,
los surcos,
las ondas inesperadas,
y el valle de sus despojos donde descansan
opacados por arrebatos
del indescifrable tiempo.

pero el ciclo prometido es el retorno
eterno de las perecibles cosas,
como vuelven a la ribera
los fosilizados
cadáveres,
y también la pausa dulce
de la geometría
sobre el lóbrego desierto del engaño;

mientras se dibuja el símbolo esperado,
o el involuntario logogrifo que, vasto,
señala vuestros días.

y así, como el mundo os fuera incinerado,
con las efigies todas en el corazón
de las rosas; es también precisa ahora
nueva ignición en las entrañas
de esta tierra que os convoca.

vuélvete a la hierba y espera.

el mundo solitario te nombra.

Dakini

No temas, prometida, levantar el velo ante el enciso,
que la noche ha guardado el rebaño al filo de sus praderas,
y has caminado huyendo de la sierpe herida;
aunque a veces pienses que es un sueño.

Un sueño
como las cuatro formas de aprender a morir.

Un sueño
como la extravagante contingencia.

Tu corazón se ha reclinado a la peña amante
y desde entonces no espera sino la vida.

No temas pues, compañera, levantar el velo ante la luna media,
que la guadaña plateada es mi signo
y lo conoces,

como el crepitar de los metales en la fragua.
Lo conoces.

Llama el manantial en suaves trinos
a los astros
con sustantivos neutros;

el desierto espera en calma su último embeleco;

y los que tienen ojos cantan el rosario de sus cuitas.


La noche avanza.

Letanías del Destierro

I
Casa de marfil;
discurriente el óleo alumbrará
tu arcano,

y el agua clara
que la sed del fenómeno aplaca;

arca
de alianza y del flujo
lácteo,

todavía serpentea
en la lengua,
y en los círculos inasibles de la rosa
en que crepita
el blanco;

y es pétreo el cuarzo,
y el velo diáfano,
y la davídica torre incrustada
en su celeste canto;

y en su octava

asciende la biológica savia
de la caverna
al estambre
que lo contiene consumido.

Ora pro nobis
super luna
me totum trabe in cor
tuum.



II

Miraba yo los efectos transparentes
que hace la Muerte sobre la arena.
Y a cada sombra descolorida le sobrevenía
el imperfecto cuerpo de las cosas que el círculo persigue.

Dime, Tronco Celestial, Escalera sin puerta, ¿dónde
encontraré mi mano?

Y entonces volvió hacia mí Su rostro.

Apenas parecía que la tarde flotaba sobre el
murmullo de las aguas inhabitables.
Tomándome de las extremidades me anunció como a la
Cuerda;
Y mis huesos, entonces muertos, conocieron el pan.

¿Por qué me tomas –dije- si apenas he salido del
umbral y del peldaño…
y, a veces, me parece seguir durmiendo?

El agua golpeaba sobre la tranquila borea.

Yo escuchaba.


III
Las cosas que las estaciones alejan, pasan;
y los murmullos de todas las higueras, y el plácido
rubor de un horizonte cenizo.
      Eres una estación en el reposo,
Rosa de Jericó;
tantas veces he palpado sobre la nada
 tus manos

… en el principio

Tabernaculum Corporis

I
Largo banquete, el que llama sin materia;
Basto el óleo, transparente el fermento.
Ánima, espectro, cuerpo de agonía toma
En ti el licor y la espiga del arena.
Que la luz en tu esperanza se ha encarnado.

II
Era puro, vasto y caminante
el fruto
de la vid, que abastecía
al mundo
su sorbo.

Yo recuerdo bien sus goterones
cárdenos
columpiando bienaventurados.

Yo recuerdo esa mistela en mi costado
incluso antes de ser plasma,

y luego como vinagre
palatina.

Discurrente filtro rosado que abrasas:
in acquas tuas omnibus diebus
vitae meae merear habitare.
III
Hay quien una palabra buscaba
            y encontró pan.

(Un mendrugo es todo lo apetecido
para quien nada carga).

Y así, el salmón advertido
se alcanzó multiplicado
en inocente milagro
de bocas olvidadas.

Entonces, como es uno,
es setenta veces siete el fruto,
y la palabra extraviada, bendición
que vuelve
para ser
aprendida
en transmutación corporal.

También hay alimento de palabra,

y todo lo observable es transformable.

Luego,
guarda el pan en la talega que eres
y el  salmón en el pozo de tus aguas.



IV
Y cuando las puertas del pozo encendido de mi carne cerraban,
solo su palabra develaba el murmullo helado cual garúa
sobre montañas. No era zarza ardiente.
Y me dijo Su Nombre como cubierto, mientras arrastraba
un flujo tenue de las aguas al llamado de mi hayuela.
Entonces no temí. Ayer, tomado el báculo,
me dio por alimento la piedra abandonada
y el rumor de la calma.
Hoy lo tengo entero por sobre las cosas.
Reposa en mí su espacio entero como es la luz, como la sal.
Y habita en mí Su Sábado como en cualquiera.


V
Sabed mi cuerpo, disgregadas lenguas de la bóveda y desiertos. Porque en mí ha muerto la sed y las piedras mismas consiguieron alimento permanente.
Si la sal de vuestros ojos aún se arrastra por la arena, sabed de mí; y no habrá sino polen fecundo, levadura que no marchita en siete noches, afeites que a la luz desengañen.
Será nuevamente al agua casta en el desierto: el erecto ofiuco que guía a su pueblo en la montaña.



VI
Asúmeme, Hijo de la forma
en toda carne y toda sombra,
y en amante ciencia.

No sea que halle atmósfera vana en mi empeño,
y dude
que la luz del alma es luz de todas.

Pan de la evidencia,
secreta llegó la templanza
y enumeró tu arcano.

Cada día será,
y ha de existir.

Será

polvo de un primer día.



VII
Hazte pan.
El mediodía del alma se presiente
como el rumor del círculo
esperado,
y tantea a la flama incierta.
Clave.

Hazte pan
para habitar en cada gozo.

Y encarnará
la verídica palabra de las causas
por su forma.

Y sangrará

Polirritmo del Samsara

y cuando trajeron a tierra las barcas
ya lo esperaban mis ojos
sobre la orilla  de las sales refractadas,
y las glaucas olas calmas
de su palabra;

como el frío era que se viste de muceta,
o la lluvia extraviada  que navega calma
por su dedo en la llaga;

como el peso de los años soñados,
como el golpe que hacia el alma bate
la nada.

llamaba a la puerta, como quiera que viera, y entraba;
descubría en la parriza entrañas
que la plebe sencilla guarda,
y el sahúmo de los peces cohabitando el purgatorio,
-cual cenáculo de vinagre
y miel-;

como si fuera sal
o luz que el gentil esconde al manadero.

y así, quien lo tuvo,  viera la vida,
el arcano discurrir de la memoria,
el principio y el fin de las horas
como cena de mi forma en sus palabras;

abrazándolo todo en su cuádruple verso
para asistir -velado novio- a la medina cristalina
do se contempla todo.

y mil años transcurridos delante de sus ojos
sean como vigilia de una noche
extraviada,
do se afirma la obra en el hámago
y se nombra cada puerta consagrada.

ya lo esperaban mis ojos
cuando trajeron a tierra las barcas,
y ellas condujeron al recóndito habitar
de sus pausas.

Profecía

Ya está vertida la luz, hermanos,
y oprime las cabezas con cenizas que otra estación
llorará calma.

Ya es disperso el fuego del retorno
y no volveráse a multiplicar el fruto breve de
                                     las aguas,
sino la sal en los goces.

Habrá un tiempo, digo, que seremos puros
como el soleado filtro en su líquido manto
                           si cae la tarde.
Habrá un tiempo
que se adivina en el perfecto círculo de los salmones;

el día que a tu alma cansa,
la provisoria levedad de tu carne pasajera,
la secreta tala.

Bienaventurada será la despierta
                         sedente,
la ceniza que hoy frontal acoges
con anhelo del que se martiria
en su flama.

La Sangre del Huerto


Antes de su embebido fermento
ya la sangre estaba;

el torrente de Cedrón ascendía;
el alma
acaecida de destierros,

y la materia transubstanciada.

Arrastra la muerte un cíngulo
que es de sí otra forma,
y de su mantra, materia
de ley suprimida en sus aguas.
También lleva el eclipse
lo rasgado, un trascendido óleo
del ara. Y lo concluso.

Las generaciones consentirán su hecho,

y así lo convocarán
                   en la espina.



Migración Estacional


Cuando emigres
lleva la noche de mi vida sola,
el hálito de inocente pasión
en su agrio vapor de holocausto.

Y otra vez solitaria por amar
rotará melancólica la infancia
al círculo de los ojos todos;
y la verdad que niega la palabra
obrará
por las manos que hoy le invoquen
al límite de su cuerpo,
y más allá del tiempo
(por la paz ignota).

Cuando emigres,
manténgase en pie la
promesa de aprehenderlo;
moje en mi carne y en la incógnita
una sola lluvia
en nombre de todas.

Cuando emigres, una luz

Cuando vayas hacia el alma.


Izachar

1
Izachar, labra esta sal
de la única órbita,
y a quien la sed decline en mal
beba de mi ínclita
vertiente de martirio invicta.

2
El fuego ha sido herido
de la brasa. Tizón bermejo, naveta,
guía del trueno renacido,
al cuerpo garzo completa,
de su cópula perfecta.

3
Tú que verbas la llaga en frío:
la veracidad es hermosa,
también el secreto camino.
Ciego suplicio de la rosa,
nada muere sino el río.

4
Es vida esta sal celeste,
cuerpo de la hogaza repartida.
No se hizo el pan al verte
sino en balanza de medida
tal y como a ti viene la vida.

Guárdame en tu Nombre

De mi corazón, está la llama
en tu distancia
para remontar hacia la sed;

y mi pasajera carga en el cruce
de las vías.
Arrojaré, como quien desprende
en el tenue transformar del  verse,
mi propia imagen transcurrida.

Cantaré  entonces de Su señal
en mi llaga,
tal como Asaf en el osario
blanquecino
del que comen
sus hormigas.

Y cantaré sus
   Transformaciones.

Y entonaré
   su Materia.

Guardaré en su tiempo solamente
El Nombre,

y en el versículo.

A la sierpe

Una sierpe que, de la extremidad, llevaras
al tormento único,
a la ristra elemental;
y esperar  la flama
desde allí
            -como bien sabes-.

Como duermes, vigilante y virginal,
al aceite que, de tu amado, brota.

Abrasa en la piedra del sendero unánime
ese amado candil,
      torvo aroma
      de martirio.

No sea que en el ara a los ojos
te refracte el astado,
y su carne te envuelva.
         -Nos envuelva-.

No sea que tiente en su atmósfera
                       clausurada
la íntima llama que os apacienta,
                      y me devele.

Juramento

Una sierpe que, de la extremidad, llevaras
al tormento único,
a la ristra elemental;
y esperar  la flama
desde allí
            -como bien sabes-.

Como duermes, vigilante y virginal,
al aceite que, de tu amado, brota.

Abrasa en la piedra del sendero unánime
ese amado candil,
      torvo aroma
      de martirio.

No sea que en el ara a los ojos
te refracte el astado,
y su carne te envuelva.
         -Nos envuelva-.

No sea que tiente en su atmósfera
                       clausurada
la íntima llama que os apacienta,
                      y me devele.

Mónada agraz

Transita en espirales la mónada
agraz consumida,
para ser la música que en su
gravedad acoja.
Es un ascua también que llueve
a la tierra y la grava,
a la espina y el pivote
tantas veces.
Porque concluida la diáspora
por Su mano volverá
a la verídica morada
de nostalgia.
Y su voz será como semilla
extraviada;
un objeto acaso contingente.
Y así todo ojo que ve.
Y así todo oído que oye.

La Puerta

Yo soy la puerta;
la magnitud latria en la que
reclina
el cuerpo.
Yo
traspasado lo esporádico
habré de ver la vía de mis ojos,
la Cosa inasible que permanece
en la estructura
del Banquete.
Mendigos y aves,
llamad.
Remoto sentido de la higuera
maldita.
Que espero, aunque fuere
Mi palabra la que inquiera
en el umbral.
Yo soy la puerta.

Levadura mansa

Vuélvete a mí, neutro iris;
vuélvete a este vino
como las espinas del despojo.
Y sábeme.
Apenas conozco el destino
de esta
levadura mansa.
Apenas vierto el clavel en
su licor
inadvertido.
Y, si me has de llevar, que sea
al infinito consumir.
Sea como en la sangre sus trigos
descansan.

El ciclo de las rosas

1
Hundido, tal vez, el sacro
hurgará su recóndita ofrenda imperfecta
como fruto espinoso.
Hundido, tal vez,
tiene aquel odio menor un ánimo
de intención impenetrable;
sorprendida también en la sangre compuesta
que atraviesa.
Y comulgará
como una inflorescencia avenida
de entropelias,
excitando el hielo de indolencia.
Absuelto volverá mi nombre en aquel odio,
gustará de la raíz y del fruto;
y de la rosa gustará.

2
Veneno estropeado.
Continuar y morir.
Continuar y morir
como se extinguen los dioses y las rosas;
continuar
y morir en el ciclo de la materia;
ser de nuevo veneno desperdigado;
erradicar
los símbolos antiguos de la cópula;
y anidar tan solo en las secretas médulas
desbocadas
o en atroces testigos preservados.

3
Muere sigilosamente en mi nombre,
y en el orden profético, calla.
Acusa el vínculo monospérmico de la rosa.
Una elipse que desciende de ser símbolo
a ser cosa.