Dicen que viste una vez su fantasma
en Sahuaripa, y al tantito te siguió treinta y un días por el reino de los
sueños, hasta que cumpliste en este trance toditito un año que resultó relargo.
Dijeron que corrías por el desierto hasta que le hallaste en un oasis de
nopalitos floridos. Entonces el fantasma tenía una rosa de Castilla entre los
dientes, pero también el matiz de las fotos viejas en el pellejo.
El espanto era a la vez eterno e
inmóvil, como las estatuas.
Eterno e inmóvil. Todo envuelto
de flores rojas y espinas puntiagudas; arrullado por el aullido de los lobos
viejos y de las almitas en pena que dizque andan por el desierto entonando
guapangos tristes, que de oírlos nomás a uno no le cabe tantito valor en el
pellejo.
Terminado ese año ya nunca
supiste si eras un alma en pena también, o si la imagen que te devolvía el
espejo era otra foto añejada por el peso de los días y el polvo de tepetate.
Creías que esa imagen alguien te la colocaba enfrente cada vez que te mirabas
al espejo, nada más para ahorrarte la pena de saberte finadito.
Te acostumbraste de a pocos a
vivir sin ese fantasma quejumbroso, pero también sin el tuyo propio. Aunque, a
veces, algunos te presentían en la forma de frío, cuando la noche colaba entre
las rejas el sonido de algún guapango tenebroso, de esos que parecen afinar el
viento chillante, y que hablan de muertes o de amores que nunca se han tenido.
Hasta ayer. Porque dicen que
alguien vio tu espectro en las afueras de Sahuaripa.
Y pos allí ha de estarte
persiguiendo, por el desierto consabido hasta quien sabe cuando.