jueves, 5 de noviembre de 2009

Una tarde del noventa y nueve

Una tarde del 99 lavé el polvo y la saliva que soy
A un silencioso manadero
De espuma
Y semilla dorada emancipada por el viento.

Esa tarde me preguntaba
Como Al Qindi, viendo en un jacinto la forma de lo creado,
Si había algo de luna y de jacinto también en mi carne.
Y viéndome asignado a mi barca
Convení tan solo a navegar.

Esa tarde había descansado tanto
Que a cualquier murmullo blanco hubiere
Llamado madrugada,
Y así deslizaba mi alma
Azul sobre la tierra
Como un cielo de Galileo
Remedado de otro cielo
Quizás más claro.

La tarde del 99 transitó dibujándome
En la silueta mansa de los trigos,


Y yo ahora soy la silueta de esa tarde.

sábado, 12 de septiembre de 2009

La llorona

Dicen que viste una vez su fantasma en Sahuaripa, y al tantito te siguió treinta y un días por el reino de los sueños, hasta que cumpliste en este trance toditito un año que resultó relargo. Dijeron que corrías por el desierto hasta que le hallaste en un oasis de nopalitos floridos. Entonces el fantasma tenía una rosa de Castilla entre los dientes, pero también el matiz de las fotos viejas en el pellejo.
El espanto era a la vez eterno e inmóvil, como las estatuas.
Eterno e inmóvil. Todo envuelto de flores rojas y espinas puntiagudas; arrullado por el aullido de los lobos viejos y de las almitas en pena que dizque andan por el desierto entonando guapangos tristes, que de oírlos nomás a uno no le cabe tantito valor en el pellejo.
Terminado ese año ya nunca supiste si eras un alma en pena también, o si la imagen que te devolvía el espejo era otra foto añejada por el peso de los días y el polvo de tepetate. Creías que esa imagen alguien te la colocaba enfrente cada vez que te mirabas al espejo, nada más para ahorrarte la pena de saberte finadito.
Te acostumbraste de a pocos a vivir sin ese fantasma quejumbroso, pero también sin el tuyo propio. Aunque, a veces, algunos te presentían en la forma de frío, cuando la noche colaba entre las rejas el sonido de algún guapango tenebroso, de esos que parecen afinar el viento chillante, y que hablan de muertes o de amores que nunca se han tenido.
Hasta ayer. Porque dicen que alguien vio tu espectro en las afueras de Sahuaripa.

Y pos allí ha de estarte persiguiendo, por el desierto consabido hasta quien sabe cuando.

sábado, 25 de julio de 2009

Esa tormenta que nos distancia

Esa tormenta que nos distancia
nos arrodilla ante otro mundo,
cubre de nieve nuestra piel yerta
y en la garúa nos resucita.

¿Quién no recuerda su blanco huerto
donde la infancia era otra fruta?

¿Dónde estará lo que soñamos
en aquel tiempo impreciso?

Porque el corazón es una isla,
también un eco sobre las rocas;
y la nostalgia de un dios sublime
que pace libre en nuestros prados.

Una bandera tengo de entonces,
cuando las lluvias me bautizaron,
y nueve cruces que en los caminos
con sus migajas he conservado.

Y si no creyera en ese sueño


en otra senda me perdería.

miércoles, 15 de julio de 2009

Parménides y los guindales

Busco, cual Parménides, cabalgar sobre el sendero que la aurora me ha obsequiado;
cabrillear con el sol que en el valle satinado despereza,
y adivinar las gemas de una bella granada colorida.

Ser y no ser mientras añoro
el corazón inconmovible de aquella
Cilíndrica Verdad.

Ya las guindas pintando están,
canta el agua en los límites de su ciencia
-redonda en su destino se tornará infinita-.
En esa agua azul cobalto encontraré un día
lo bermejo de mi inocencia antigua;
será en un recodo de sausales, mirtos o perales;
de guindos, acacias o membrillares; de cosechas rubias
en el trigo trabajado; y en el cántico de las perdices
de un pentecostés inopinado.

Porque el camino de herradura hacia ese bosque
no está sellado,
lo ha cubierto solamente el polvo,
la necesidad, una lluvia de hojarascas;
lo ha oscurecido la noche de sepultos candores que en otro tiempo
fueron verdades libertas;
mas será nuestra su quebrada, a la luz de nobles causas,
o en la blanca ontología de las monteras dominicales.

Ya las guindas están pintando.
Nos abrasamos del único tronco conocido;
treparemos a la cima como voraces círculos de entendimiento,
y cantará esa ave al final del día
y en la alborada,


como a Parménides, 
peregrino infatigable.

domingo, 5 de julio de 2009

Pozo

En la paz de tu brasa cautiva
hay un huerto de rosales;
flores antiguas de espléndidas estrofas,
pétalos blancos que traen los mistrales.

Tu presencia es obsequioso sarmiento
que adereza el recodo de los cauces;
es espíritu de acuáticos amparos
que toca, en el cierzo, afables carnavales.

Ven,
y tráeme de beber
el agua que en el pozo tuyo reverbera,
o la añeja hierba que unges con sigilo
en la casta lluvia de setiembre.

Las rosas de tu parcela han florecido,
tienen el aljófar que la aurora atavía;
y vuelan cerúleas como abejas del verano,
para posarse en mi capota
hacia la muerte del crepúsculo.




viernes, 5 de junio de 2009

Ciudad inolvidablemente olvidada

Ciudad que flotas
y emerges a la luz
como ruina de leyenda,
ya no develas tu arcano;

y la verdad que escondes
suprimió el silencio indefinido
de las conciencias
a graznido agreste.

¿Para qué volar?
Dejar caer los restos de un
acto extravagante
en el extravío monócromo
de lánguidas azoteas
y alamedas yertas.
Ya me vi en tantos cuerpos
cruzando tu sintonía
que es el ruido y el gris de tus
aceras que nadie extraña;
ya me vi como la eterna criatura
que conjura su alimento
en telaraña.

Así
te estoy surcando.

Yo disparo sobre tu cielo
de naranja.

Y amo verte llover
sobre una esquina

bajo mil paraguas.

domingo, 12 de abril de 2009

Los pocos

Son pocos.
Esbozan la quebrada limpia
con su sombra pimpante.
Son uno con la llovizna
que asperge la paniega en el relumbre
de las tardes.
Y, si cantan,
se unen al motete
monódico de Natura que, en conjunto,
eternamente entona bienaventuranzas.
Y en ese canto fecundan los bancales a un lado
de la senda;
y en ese canto el agua discurre por la feraz cordillera
con alegre risa de infante.

Ha creado el valor vencedores; pero aquellos
invencibles son por la concordia.
Y son vastos como axiomas
que en el pie de los árboles penetran,
cuando el universo, en un rumor de pajonales,
se adormece,
y acarician los planetas
filosófales estelas.

Son como palabra que nadie contesta
sino en silencio.

Misericordes como el masquil
que enmienda turbamultas,
o las regiones indiferentes que existen
al margen de cualquier acervo,
pero que son -como todos-
trebejos de una misma Ciencia.

Son pocos. Cantan por nosotros,
mientras el mismo Tiempo nos sostiene
en la octava de su armonía,
nimbado,
en tanto el Preboste duerme.


miércoles, 25 de marzo de 2009

Muerto lirio que camina hacia el estanque

Añoranza
del vaho que madura
a perla,
y arrojarlo sobre el río.

Esperanza en el camino
que sortea la savia
hacia su propio sol.

Incesante, el fuego
renueva su curso
aparecido en las hojas:
el río.

Sálvame, madreselva;
luctuoso jarabe de la parra,

que alejado será mi costado
por girones de luz cuajada
y por sábila florecida del río,
entre el murmullo de la hierba
renovada.

Por aquí pasaron
los espíritus migrantes
de la muerte,
y cegaron la avena en espigas
selectas.

Por aquí el pajar se transformó
en higuera,
y ha dejado abiertas llagas.

Sacude el trueno lo espeso
de hojarascas dormidas. Nocturno.
Y me aturde en la recóndita
novena
de raíces y ceniza,
de muerto lirio que camina
hacia el estanque.

Vuelve la tarde recóndita
aparecida,
en la llama fugaz que atraviesa
los cuerpos.

Otra vez en mi sierpe el espíritu se rebela.
El infinito descanso reconocerá su ofrenda.


domingo, 15 de marzo de 2009

He salido a pescar

He salido a pescar y el agua,
apenas advertida,
narraba en su transcurrir
los denuedos futuros
de la llama albina
sobre el alma.

Y una glauca, levitante,
hoja
con tirillas de ramales rendidos,
y un paraguas natural, péndulo verde,
del árbol al que me arrimaba
fueron toda mi hazaña esa tarde
sin peces, chubascos
ni calzado.
Y sin sombras del pasado
que discurrieran
en la grava para hacer
más solitaria mi tarde.

Alejábase una nube.

Pudo ser el viento

o el ansia de nuestros cuerpos ermitaños,
adivinados en la forma
de las flores de tubérculos maduros,
o el sonido de cereales
cuando les peina, desentendido, el viento;

o el oficio de sentarse a esperar que atisben
los peces, mientras pierdes
los zapatos en el afán, y la cigarra
cartuja
vivaquea por los sotos;

pero no las sombras del pasado
que discurren en la grava
para hacer más solitaria

la tarde.

jueves, 5 de marzo de 2009

De semanas y huertas

Noche fugaz; vida misma que vuelves
a mi mano y en el pan
cada mañana, con el asno y la canasta
que madrugan.
Mansos camaradas nuestros: el pan,
los piñones,
las madrugadas
de lluvia; la vida.

Yo les saludo con alfombras de retamales
y margaritas blancas,
o con clavelillos que crecen
a un lado de los nogales
para curar de miedos o tristuras;
yo les saludo con el pañuelo
recamado de Arlequina,
con el clarito fermentado que los sábados
desentierra Marina
del traspatio.

Ya luego, a retozar en el alero,
junto a los membrillares abuelos,
y ver la vida pasar
desprovista de afanes,
como arreboles o pétalos parabólicos;
como casta y larga
voluptuosidad de pascua florida,
como fiestas patronales de prendería

que hasta en los cielos reverberan.