viernes, 12 de septiembre de 2008

Apoalaya

La noche en la que sepulté a mi hijo era luminosa como la túnica del Señor de las tormentas. Confieso que no tuve miedo ni rencor. Se que habitará más feliz en ese Reino de los Patriarcas que ya se extingue.
Pensé, si, como los abuelos, que oficiaba un sacrificio, una ofrenda votiva, una retribución ritual. Pero, como bien sabemos, el tiempo de aquellas cosas ha pasado. Ya no podremos transformar aquel decreto que la historia ha deparado para nosotros. Todo milagro será ya subsidiario de esta realidad nueva que es, ante todo, irreversible. Y he temido mucho también, durante estos días, que de esta prisión ya no saldremos jamás.
El otro día, por ejemplo, nuestro hermano Ñahuincopa, agobiado al final de un día que la fatiga y el tormento habían signado, conjuró al Espíritu de la vertiente a fin de saciar su sed; extraviado estaba entonces Ñahuincopa, como todos, entre los declives montañosos. Pero no acudió a su impetración el Espíritu conjurado, sino la mismísima y bienaventurada Virgen María en su advocación de la stella matutina; y ésta le dijo además “¿maitam aihuayanqui?”(1), al advertir que Ñahuincopa huía despavorido de su presencia.
¿Somos un contenido al que han cambiado de recipiente? Eso presentí la primera vez en que decidí arrojar e inquirir a las hojas de coca, luego de todo esto; y estas me respondieron no en la lengua de nuestros padres, sino en un castellano que era aún ilegible. Con el tiempo su nueva lengua se hizo fluida, y con ella me narró historias del pasado y del futuro que aún yo no sabía; pero también me iluminó con nuevos verbos, con inimaginables sustantivos y adjetivos maravillosos. Con todo, todavía me pregunto si en aquella lengua habrá alguna forma de decir “pachahuayaraptum tutaparun” (2), así como digo hoy de mi hijo muero, sin que en la traducción se varíe substancialmente mis sentimientos hechos palabras, algo que transforme radicalmente el sentido de los mensajes y se diga algo completamente distinto, algo como la descripción de un universo otro, donde el penetrar hacia la oscuridad sea el amanecer y en donde la noche sea clara como la hora en la que mi hijo fue inhumado. Y tal vez ese universo ya existe en la medida que lo estoy nombrando. O, mejor aún, que existe un nuevo castellano en las hojas de coca, y otro muy distinto en las palabras que os digo no sin culpa. Y cada uno de esos idiomas, cada uno de esos universos es también una ergástula. Una cárcel donde el Espíritu de la vertiente y la Santa Virgen María pueden ser manumisores o celadores dependiendo de las circunstancias de cada Reino; pudiendo, en una de esas alternativas, ser las dos cosas al mismo tiempo. Y tal vez ocurra también que, a medida que imaginamos y enunciamos, creamos nuevas habitaciones en esa penitenciaría inabarcable, como en una fortaleza cuya finalidad es inversa a lo natural: no nos protege de los agobios de la batalla, sino que nos encierra en ella, con murallas concéntricas, y cada cual más afanosa que la anterior.¿No me comprendéis? Mirad: aquello que se mueve ¿es la cola de un zorro o un “turumanya tchupaca?”(3) o simplemente una “curva delatora del absurdo”, u ocurre sencillamente que allí “no tenemos NADA” o, mejor aún, que cada quién está viendo en esa cola de zorro una cosa muy distinta, algo acomodado a sus propias creencias y conceptos; de manera que mientras a algunos puede mover a risa, a otros produce temor y asco.
Pues esto que os digo ya lo creía Toparpa, el amauta de la Laguna Colorada, para el que “cada quién habita en el reino que se inventa”.Porque sospecho, hermanos míos, que no es la palabra que de nuestras bocas escapa, ni la piel que nos protege del frío, ni el reino que habitamos –o que creemos habitar- lo que verdaderamente importa.
Os contaré algo: cuando era el niño conocí a Ccori Rumi, el cacique que antes tuvo otro nombre; es decir, antes de trascender los Cuatro Reinos, la Gran Laguna y el Sol Primero; antes digo de conocer el Hanan Pacha como bien os han narrado. Pues bien, un día Ccori Rumi apareció entre nosotros luego de estarse trenta y uno días en el Reino de los Cielos.
-¿Imanuylata Hanan pachachu huacrobacaramurai? (4)- le preguntó la gente
-¿Hanan pachachu?- respondió sorprendido- ¡pero si con las justas he conocido el Kai Pacha!
-¡Eso no es posible!- replicaron todos- ¡”Éste” es el “kai” pacha!, y a nosotros nos consta que usted ha estado estos treinta y uno días más alto que todos nosotros.
Entonces Ccori se rió como un infante y dijo: “¿Es que todavía no saben que “éste” es el Uku Pacha?
Aquello, entonces, me pareció demasiado extravagante como puede parecerlo a alguno de vosotros, hermanos. Pero las hojas de coca me han dicho lo mismo últimamente y, más aún, me ha sorprendido con nuevas aseveraciones: ¿¡Y si Ccori Ñahui solo conoció el Uku Pacha?!
Y puede parecer esto que os acabo de decir aún más extravagante que lo anterior, pero trataré de explicároslo del mismo modo que lo hizo la sagrada coca conmigo: ocurre que el “tres” contiene muchos otros “tres” en su interior, del mismo modo que en los cuatro lados de la Tierra están contenidos también infinitud de cuatro lares. Por esto, un Hanan Pacha contiene su propio Uku Pacha y su propio Hanan Pacha., hasta el infinito; o mejor dicho, hasta el transfinito. Por esto, nadie que sea esclavo de su lengua, de su imagen o de su Reino puede decir a ciencia cierta donde mora, porque el estar es una condición que muda de uno a otro lado constantemente.
Nosotros mismos “aquí y ahora”, estamos en muchos pachas al mismo tiempo…y ocurre que no siempre nos encontramos...
Muchas veces tuve el recuerdo de las palabras de Ccori Rumi; muchas veces, también, los signos de la hoja de coca frente a mis ojos. Pero solamente pude recordar y ver con claridad desde la noche en que sepulté a mi hijo. Y seguramente aquello esta bien. Porque los hijos de Ccori Rumi, incapaces de adorar la Verdad que su padre había encontrado transitando hacia sí mismo, se consolaron con la peor de las vulgaridades: adorar a su padre; es decir, a la apariencia, al vehículo. Y tal como lo supuso Toparpa, cada hijo tenía una apariencia de Ccori Ñahui muy diferente a la de todos sus hermanos. Y tal vez aún el Ccori Ñahui que he descubierto no es sino otra figura para vosotros.
Pero me consuela saber que yo no sufriré el oprobio de sufrió Ccori Ñahui: mi único hijo ha muerto, y lo sepulté en una noche maravillosa.
A cambio de eso conocí la Verdad; es decir, Mi Verdad.

(1) ¿A dónde vas?
(2) Se le anocheció el día
(3) Forma de arco iris
(4) ¿Cómo le ha ido en su travesía por el Reino Celestial?


Santiago y los dos amarus (II parte)

II CAPÍTULO
ALQUIMISTAS DEL ESTE Y DEL OESTE
El mito del Rayo, -de Illapa, de Santiago Apóstol, Tayta Shanti - contra el Amaru, si bien puede ser leído desde una perspectiva antropológica para graficar los ritos de la agricultura, también puede ser leído, por todo lo dicho, como el dominio que puede ejercer la alquimia, la magia, la chamanería sobre el poder antagónico y universal de esos dos amarus
En efecto, de acuerdo al relato andino y a la conclusión que de este hace de Taipe Campos, los dos amarus yacen convertidos en las dos cadenas de montañas que rodean el valle o, lo que es lo mismo, animan las energías antagónicas desde el fondo de la tierra. En la tradición de la China milenaria también existen dos dragones, que representan las energías fundamentales y opuestas de la Tierra; así el sistema del feng sui no es otra cosa que conectarse armoniosamente con esa corriente de los dragones que existen bajo la tierra. El maestro en este arte será un auténtico alquimista, un chamán. De semejante forma operan las serpientes nórdicas, cuyo poder solo pueden canalizar los magos o sacerdotes debidamente iniciados. Posiblemente también opere así la energía interior que anima a Gaia, La Tierra, en la tesis del insigne científico James Lovelock, tan en boga últimamente.

Los chamanes andinos se hicieron pronto pues “amigos” de Santiago Apóstol, símbolo del mago capaz de operar en la naturaleza. Por eso no sorprende que en tiempos del virrey Toledo, se acusara al brujo jaujino Pedro Cámac, de haber vestido a Santiago Apóstol con las ropas y atributos de “un ídolo pagano”. Porque la magia andina (y la de todas partes) consiste, lo reiteramos, en conectarse armoniosamente con la energia de una de estos dos polos energéticos del universo: el amaru blanco o negro. En Grecia la conexión con el amaru positivo se llamaba Teurgia, y es la que también oficiaron los primeros arios de la India con el soma sagrado. La magia que opera con el amaru tenebroso se llama Goecia, y es la hechicería maligna propiamente dicha.
Los españoles de ese tiempo estaban bastante al tanto de la alquimia (y cómo no podían estarlo en una época en que la nobleza se confería por el oro). La propia iglesia católica de entonces tampoco estaba lejos de esos afanes; teniendo en cuenta, además, que el propio Santo Tomás de Aquino afirma en su “Summa Teológica” ( II, qu. LXXVII, art. 2) que “el oro filosofal, si es auténtico, debe estar investido de un valor objetivo igual a aquel que se otorga al oro corriente del comercio”.
El propio Rey Felipe II era un asiduo practicante o patrocinador de estas artes. Hay un relato de Fray José de Sigüenza, cronista oficial de la Corte, que narra lo acaecido el día de Santa María Magdalena, en la primavera de 1571, cuando una explosión destruyó la Torre Poniente del Monasterio de El Escorial; en este accidente Sigüenza describe lo que parece ser una aguda intoxicación con vapores de mercurio que mató por lo menos a un fraile. Para investigadores como José Hermida este incidente es solo uno de los muchos indicios que confirman que, en efecto, Felipe II había instalado allí un laboratorio alquímico. Su Majestad había acondicionado dicho recinto con una finalidad histórica nada despreciable: asegurar para España, mediante el poder de la Teurgia-o la Grecia, si era preciso-, el dominio absoluto del planeta.

Los alquimistas cristianos estaban convencidos de que era posible hallar el Hálito de Dios en las partículas elementales. Y sostenían también, -basados en la Biblia, Pitágoras y el esoterismo islámico, hebreo cabalista o protocristiano-, que el hombre al ser imagen y semejanza de Dios, no solo tenía potestad sobre los ángeles, sino también por sobre los demonios. El hombre podía operar cualquier magia si disponía de los instrumentos y, sobretodo, de la ubicación geográfica correcta para canalizar estas fuerzas. Así, para poder conseguir el deseo de Felipe II, se necesitaba fabricar un laboratorio en un lugar con la suficiente concentración de energía telúrica, a fin de captar estas dos energías angélicas o infernales (de esos dos amarus, diríamos). Uno de aquellos lugares, según las creencias de la época, era nada menos que el Monasterio de El Escorial.
Este mismo principio se aplica ciertamente en los ritos de magia blanca o negra andina, donde el Laya -sacerdote o chamán andino- conecta con la energía positiva o negativa del planeta, de acuerdo a sus necesidades o intereses. Y se sirve, para ello, de lugares con la suficiente energía telúrica que posibilite el captarlos; todo ello a través de los Apus (ángeles, demonios o elementales) intercesores. En nuestro valle algunos de esos lugares son Torre Torre, Warivilca, Arwaturo y, claro, el Huaytapallana, morada del Apu Wanka Wallallo.
Muchos de los frailes franciscanos y dominicos que pasearon por estos lares, como contemporáneos de los otros alquimistas de la Metrópoli, conocían a la perfección el simbolismo pitagórico, gnóstico y cabalista que hemos referido. ¿Acaso el insigne cabalista y filósofo Raimundo Lulio no había sido también misionero católico? Pues bien, estos misioneros eruditos no tardaron en darse cuenta de esta correspondencia de arquetipos universales que Jung mencionaría mucho después en su “Psicología y Alquimia”, y la aprovecharon sabiamente en beneficio de la causa evangelizadora.
Aquellos misioneros conocían todo ese “arte regio”, y se maravillaron en descubrir las fabulosas coincidencias: porque la cruz católica y cristiana, es como la cruz ankh de los egipcios con su ristra de amarus en la cabeza, y es también la chakana (¡ch-ANKH-ana!). Y que el INTI es el mismo INRI; porque Cristo es el Sol (Yo Soy la Luz del mundo) que camina desde el Amaru blanco del levante hasta el amaru negro del poniente. O porque la navidad es el solsticio de verano y el Corpus Christi el solsticio de invierno; una fiesta donde la Sagrada Forma sale en procesión con rayos que asemejan a los del mismo Sol.Esa fascinación subsiste en relatos como los del misionero Cristóbal de Molina –por encargo del obispo cuzqueño Sebastián Lartaún - “Relación de las fábulas y ritos de los incas”, y en otros que el tiempo ha devorado. El virrey Toledo necesitaba extirpar las idolatrías, y la iglesia vio en esa comprensión de la espiritualidad andina un camino bastante acequible para traducir verdades unánimes. Aunque, como nos dice el historiador José Carlos de la Puente Luna en su imprescindible obra “Los curacas hechiceros de Jauja”, el proceso de cristianización de los pueblos provocó en algún momento que resucitaran viejas rencillas entre caciques huancas y xauxas por la posesión terrenal; no fue nada raro entonces que se lanzaran mutuas acusaciones de hechicería, a fin de que la autoridad virreynal castigara este asunto como correspondía, por un lado; pero también que, en secreto, los propios caciques acusadores practicaran ritos de magia blanca o negra a fin de desaparecer a sus enemigos terrenales o protegerse de sus ataques. De nuevo se enfrentaban en este valle el amaru blanco y el amaru negro. Dadas así las circunstancias, con la orden expresa de Toledo por extirpar idolatrías, no fue nada difícil que los ritos del amaru blanco se fundiera (sincretizara) con el rito católico, mientras que el de la serpiente negra con la hechicería andina. Si bien sus elementos pueden hallarse en estado mas o menos puro hasta hoy.
No se olvide tampoco que estos misioneros edificaron los primeros templos orientando la puerta principal hacia el lado Este; de modo que al oficiarse la misa tridentina, la consagración de la hostia acontecía de espaldas al público, es decir, se elevaba el pan hacia el lugar por donde surge el Sol, operando así su transubstanciación; podría decirse que hacia el lado del amaru blanco y de donde surge el mismo Inti. Solo por dar idea de uno de los tantos puntos que hicieron que en la cosmovisión andina el rito católico encajara con la magia del amaru blanco. Quizá por esto los Apoalaya, Limaylla, Guacrapáucar, Astocuri o Surichaqui que eran ante todo layas no tuvieron muchas objeciones para asimilar ese culto solar que es el cristianismo (aunque no tanto del dominio español, como se sabe) ni en comulgar de ese Tanta Solar que es el INTI-INRI. Porque ahora Huiracocha era Jesucristo y los Apus los santos. Los propios caciques, en un momento, se convirtieron en grandes auspiciadotes del catolicismo y en sus más conspicuos devotos. Siendo piezas fundamentales en el proceso de esa evangelización sincretizada para sus pueblos, porque los ritos tradicionales tampoco fueron abandonados del todo y pervivieron sobretodo gracias a la necesidad de la medicina que, por cierto, fue sabiamente aprendida por los mas cultos y humanistas misioneros católicos.
Recordando esta visión mágico andina de la misa tradicional, traigo a colación ese curioso libro de Epifanio de Constancia, llamado “Panarión o Botiquín” donde se describe la Misa Nasenia (antigua secta gnóstica cristiana) de este modo: “Amontonan los panes sobre la mesa. Llaman a una serpiente a la que han criado como animal sagrado. Al abrir el cesto sale la serpiente que alcanza la mesa, se desliza entre los panes y los transforma en Eucaristía. Entonces se parte los panes que rozó la serpiente y los distribuyen entre los comulgantes…La serpiente consagra los panes por contacto. Una vez tomadas las santas Especies, la serpiente da el beso de la paz y traslada a Dios la acción de gracias de los fieles.”

Santiago y los dos amarus

I CAPÍTULO

LA LEY DE DUALIDAD
Dos serpientes. Dos omnipresentes amarus guardan el legado de la cosmogonía universal. La naturaleza dual de las cosas, que enristrada asume la forma del caduceo de Mercurio; de la copa de Hermes que el médico de Enrique VIII instauró como signo ecuménico de la medicina: Kadmos y Armonía, Orden y Caos; el día y la noche. “Debéis saber que en el universo combaten eternamente estas dos fuerzas opuestas,-dice el Trismegisto-, a esto se ha llamado Ley de Dualidad.
Dos amarus son también el Jörmundgang (Miogaror) y el Nidhögg de los Eddas que Snorri Sturluson rescató para la épica desde la niebla de los tiempos; la primera de estas serpientes rodea el mundo en una sublime espiral, pero la segunda, necrófaga y tenebrosa, se disputa el árbol hierático del Yggdrasil con un águila que es tan implacable como perpetua.
Dos amarus hay también en la mano derecha del céltico Cernummos, quien sentado a la manera de los indios anacoretas, contempla la inminente lucha de los ofidios confrontados, en una danza que es de de nudos y de espirales. Como de nudos y espirales es la batalla de Ormazd y Ahriman entre los mazdeístas.
También el pueblo que camina con Moisés en el libro de Números o Be Mibdar (21,1) es castigado a causa del pecado de la duda con serpientes venenosas y repelentes; mas también se les confiere el antídoto consistente en un estandarte que enarbola una serpiente de bronce. Las dos caras de la sierpe otra vez. Una, la que Moisés levanta frente al faraón; la otra es lúgubre, y ya ha hecho sucumbir a nuestros primeros padres con el pecado original. Una es la Kundalini y otra la Kundabuffer que refieren los arduos textos de la Alta Yoga y las marciales iniciaciones del Tantrismo Kalachakra. Se dice que Gurdjieff, el tenaz desentrañador de verdades, confundió el poder de estos dos simbólicos ofidios, haciendo así naufragar el empeño de su obra. Las confundieron también los del esoterismo nazi, a quienes, por cierto, solo pudo confrontar el asesor esotérico de Sir Winston Churchill, Aleister Crowley, eximio conocedor de los secretos de la Kundalini y de la Tiamat.
Y decimos Tiamat, recordando lo dicho por S.H. Hooke; que esa kundabuffer, o serpiente tentadora del Edén, y que puede identificarse también con el Leviatán que Job (3,8) menciona, se parece demasiado a la culebra sumeria. No en vano la palabra “tehom” del Génesis (1,2) que normalmente se identifica con “Abismo”, se parece demasiado al “caos-dragón “Tiamat”. H.P. Lovecraft, por su parte, identifica a esta misma Tiamat con el “Ctulhu” del Necronomicón, ese terrible libro que solo unos pocos osados han podido develar y conjurar.
La mitología wanka, como no, corresponde con ese principio universal de las dos serpientes o amarus, que ha dado inicio a las grandes teogonías, y que sorprende y subyuga tanto a propios como profanos. En el relato recopilado por don Carlos Villanes en su obra “Los dioses tutelares de los Wankas”, se relata por ejemplo que estas dos serpientes fueron creadas del Tulumanya -el Arco Iris- por orden de Apu Kon Ticsi Huiracocha, con la finalidad de acabar con los monstruos que en el principio habitaban la región del Huancamayo, y que por entonces no era sino una inmensa laguna habitada por diversidad de monstruos. Tras la creación de este primer Amaru, Tulumanya, pensó que sería bueno crear un segundo Amaru; –aunque otra versión recoge que fueron los primeros wankas quienes suplicaron a Huiracocha el nacimiento del segundo monstruo a fin de aplacar los abusos que cometía el primero). Este segundo amaru era de color mas oscuro; ocurriendo que desde entonces ambos monstruos iniciaron una interminable contienda, disputándose la supremacía sobre el lago, y queriendo cada uno reinar por sobre el otro.
Hasta este punto, la tradición wanka guarda eficaz correspondencia con la unanimidad de las tradiciones respecto a la creación del universo. Así Hesiodo fue uno de los primeros autores de estos mitos genésicos para la cultura occidental; su relato nos dice: “En el Principio fue el Caos, y desde este Caos la Luz fue hecha”.
Pues bien, el lago habitando por inconmensurables monstruos de nuestro mito, corresponde absolutamente a esa noción de caos, a ese “tehom” que menciona el génesis. Luego Huiracocha crea las serpientes, valiéndose del Tulumanya, el arco iris; porque en el principio, como nos dice el Génesis, fue la Luz. La luz que, efectivamente, puede ser fraccionada en los siete colores del arco iris.Volviendo al relato, Huiracocha cansado de las incesantes disputas de los dos amarus, decidió destruirlos; y se sirvió para ello de dos elementos: el Viento y el Rayo. La historia nos dice que los amarus cayeron deshechos. El emérito investigador Néstor Taipe Campos afirma –sustentando en sus escudriñamientos- que ambos amarus se transformaron en las dos cadenas de montañas que rodean el valle del Mantaro. Taipe sostiene también que estos amarus representan los principios de protección de destrucción. El amaru blanco corresponde a la cadena montañosa del lado del Huaytapallana, de cuyos deshielos surge el agua que da vida a todos los seres. La serpiente negra, por su parte, corresponde a la cadena del oeste, lugar por donde se oculta el sol, y “de donde viene la noche, con todo lo que ella representa”. Y otra vez admiramos esa ley de la Dualidad Universal.
La omnipresencia de los amarus nos recuerda esos arquetipos universales que mencionaba Jung en “Psicología y Alqumia”, y que parecen conducirnos al origen mismo de la vida. Así, el insigne investigador Jeremy Narby refiere que si bien los egipcios no dibujaron un caduceo serpentino como tal , (aunque su figura aparece en la frente de la corona de los faraones), si dibujaron un enigma visual que corresponde a una serpiente doble encima de una cruz. La tradición ha denominado a esa cruz egipcia “ankh”, el símbolo de la vida. Narby se sorprende al comprobar que esta espiral corresponde, sin lugar a dudas, también, a la forma del ADN.“Como es arriba es abajo” diría el Trismegisto. Así también los dos amarus sumergidos en el fondo de la tierra, convertidos ya en cadenas montañosas, son también una memoria del ADN en esa tierra que es el hombre (de polvo eres, y al polvo volverás), pero también el ícono de la vida que surge de un Valle fecundo como el del Huancamayo (Mantaro).
Huiracocha, por su parte, representa en la cultura andina el principio divino del héroe solar común a todos los credos (Osiris, Mitra, Krishna), su huella, como bien señalan Julio Calvo y Henrique Urbano, puede ser rastreada hasta sus orígenes tiahuanacos y aymaras. En nuestro relato, Huiracocha cumple el rol de Demiurgo, y como tal, opera en los elementos de la naturaleza en una auténtica gestión que podemos llamar de alqumia.Y esto se hace mas palmario en las figuras del rayo y del viento, como armas e instrumentos de dominio en contra de los dos amarus; dos amarus que, como hemos dicho, son el sumun de la vida. La misión tradicional del alquimista -occidental o andino- es pues operar prodigiosamente sobre las fuerzas contradictorias .Como se sabe el Rayo, Illapa, fue un elemento importante para las teogonías quechua; los misioneros y colonizadores identificaron su majestad con el Apóstol Santiago; un apóstol que en Europa era considerado el santo patrón de los alquimistas cristianos. España no era nada ajena a esta tradición, puesto que los alquimistas mediterráneos inauguraron la famosa tradición de una peregrinación que concluía en la española Santiago de Compostela, -la famosa Ruta de Santiago-, portando símbolos como el manto, el bordón y una concha. Esoteristas famosos como Flamel y Cagliostro realizaron esta peregrinación. Esta anécdota y otros datos nos permiten concluir que España era pues, esencialmente, esotérica. Pero a ello tornaremos después.
Volviendo a nuestro Santiago (El Tayta Shanti) y a nuestros amarus, un cuento recopilado por Arturo Jiménez Borja refiere que, cuando el cielo comienza a oscurecer y amenaza la tempestad, un amaru sube hacia los cielos centelleando sus ojos morados. Entonces Santiago Apóstol montado en su caballo blanco, sobre las nubes y con una hermosa carabina, lanza balas de oro. Retumban entonces los arcos del cielo a cada disparo, y huye el amaru espejeando su lomo entre un cielo torvo y disparejo. Muere finalmente ese amaru por obra de Santiago Apóstol; del mismo modo que mediante el rayo (Illapa, Santiago), Huiracocha destruyó los primeros a los primeros amarus de nuestro mito.
¿Y el viento? Pues es un caballo blanco como diría Neruda.

El muerto en la avenida

Me habían dicho que la muerte es el descanso que tanto ansían quienes esperan la partida y que, sin embargo, dibuja un rostro feliz en casi todos.
Me habían advertido también que las muertes violentas impregnan en el rostro de sus víctimas el terror de los últimos instantes.
Me habían dicho tantas cosas; había leído tantas crónicas policiales; había visto tantas fotos macabras en la sección de policiales del diario “Primicia” (aquella vez, cuando el buen Juan Escobar me las reveló como a un niño a quien se pretender sorprender con el cromo difícil del álbum). Casi todo ello había generado en mí algunas de esas inmensas preguntas celestes que solo la paciencia y la metafísica se han encargado luego de contestar. Y sin embargo, no había tenido una visión indirecta de ese tránsito de la vida a la muerte, esa delgada línea de luz. Hasta entonces.
Patrullábamos al filo del nuevo día. El piloto de mi camioneta se desquitaba con los ebrios y prostitutas unas ganas inmensas que tenía de dormirse o largarse; amortiguaba en algo el karma de ser ángeles de la noche con unas salsas prehistóricas que radio Panamericana programaba a esas horas de la madrugada; la memoria del último caldo de gallina de las diez de la noche en Mercado Mayorista era lo más cercano a la felicidad aquella noche.
En circunstancias como esas, tan solo el reporte de un accidente de tránsito tiene la virtud de sacudir modorras apelando al ego de la codicia…Y pasó. Alguien llamó de improviso reportando un accidente en plena calle Giráldez. Y aunque era casi la una de la madrugada, casi todas las unidades disponibles salimos disparadas en busca de lo propio: la adrenalina, una emoción singular, quizás alguna foto en la portada del diario, la recompensa del SOAT… Pero al llegar no había carro averiado, ni gente arremolinada, ni nada de lo que normalmente se puede encontrar en esa clase de accidentes. Nada digo, solo un sujeto tirado en la avenida como única evidencia de lo acontecido. El impacto del auto contra su cuerpo le había fracturado la pierna, y para entonces ésta lucía casi el triple de su tamaño normal y estaba evidentemente rota. El auto, en cambio, se había largado quien sabe a donde.
Me tocó a mí comprobar los signos vitales. Mi experiencia en primeros auxilios – que para entonces era mas bien teórica, al igual que toda mi elocuencia en medicina legal, farmacología y rollos afines- me dieron el conveniente aire de suficiencia para encargarme del asunto. Toqué entonces un cuello que todavía estaba tibio, pero sin el pulso vital característico de la carótida que tardé demasiado en adivinar. Obviamente tampoco respiraba. Un hilo de sangre negra destilaba de su boca. Sí, estaba muerto. Bien muerto. El resto de contusiones y magulladuras era contundente. Fuera de todo esto, diríase que el tipo lucía tranquilo, como si la muerte no hubiera sido para el sino el mero desenlace de un adormecimiento infantil, casi un desmayo de pantomima. Dimos el reporte a la base para que estos, a su vez, procedieran con el trámite de ley: avisar a la policía y al señor fiscal de turno; ya luego tirar el muerto como un costal a la camioneta para su traslado a la morgue.
Sin embargo, recuerdo de aquella noche un impulso diríase anormal para esa noche de protocolos fríos y formales.  Renació en mí un cierto instinto de monaguillo viejo. Al ver  a ese pobre sujeto muerto, tan lejos de su casa, enfriándose abrazado del pavimento, convertido casi en otra cosa abandona en la calle, me acerqué discretamente y dije: “dale Señor el descanso eterno…”; acto seguido le hice una señal de la cruz que me sorprendió mas a mí que a mis colegas. Uno de ellos, testigo de Jehová, me vio casi complacido. Y es que todos somos hermanos por obra y gracia de la muerte.
Esa misma noche un borracho murió también esta vez congelado en un descampado.
Antes y después, en aquel mismo oficio de patrullar la ciudad, conocí otros tantos cadáveres como me permitió la parca: una orate estrangulada y violada, a la que encontramos en un basural con un hijo todavía vivo que lloraba buscando lactarle; un suicida, ya con el rigor mortis acentuado, tendido frente a la casa de la novia con la que había terminado una semana antes; un travesti colgado de su chalina de siete colores… En todos ellos vi ese tránsito que nos sugiere que ya no estamos frente a un ser, sino junto al cascarón de algo que alguna vez estuvo vivo. Sospecho ahora que, en todas esas ocasiones, conocí el alma en forma de ausencia.
Ahora que escribo esto ha pasado ya buen tiempo de todas aquellas experiencias, pero aun cuando la pereza no me gana rezo una plegaria por todos los que mueren solos o en accidentes; por todos los que no tienen chance a la hora del último karma.

Ojala todos lo hiciéramos. A veces siendo testigos de la muerte súbita comprendemos que todos somos hermanos en la tragedia de habitar este planeta.