Despierta la noche abandonada que ayer
fuera
materia
de voluntad creadora,
y salvaguardia bruñida.
No hubo firmamento, sino realidad
reiterada y manifiesta;
como no hubo oscuridad que no fuera
Luz Inaccesible.
El arcoiris
retorna del caos,
y dibuja una blanca luz desde sus capiteles
que son ciclos
de una Evidencia
profética y perfecta.
La noche no puede, pues, sino ser agua
donde camina su reino premunido de fe
y
voluntad;
su tránsito conoce nuestras abreviadas
distancias,
sabe que no estamos muertos, sino
dormidos.
Cambiaremos en el vuelco de la estación,
como flores que en alfombra de un
valle espejean
su pálido sosiego de gotas
consubstanciales.
Sabe que somos cellisca y que a la
tierra volveremos,
como el manantial primero de nuestro
encuentro.
Aunque un dios guarde el umbral
nocturno
con esquejes de otras formas;
formas que justifiquen
nuestra restitución
a cada cosa.
Se ha inoculado el día en nuestros
ojos;
ya no seremos indiferentes ni
invulnerables.
Olvidamos el sigilo que era morada,
y hemos partido –con Él- al
reencuentro de nosotros
en nueva efigie fluyente,
y en humedad embargada.
¡Escucha, Arco Iris!,
nuestro silencio te invoca
en los befos de recónditas guaridas.
¡Acoge nuestro tributo, Cordillera del
Poniente,
en las cegadas noches que bullen!
Hay un único espíritu que recuerda
su original forma;
y nos busca
como forma a la semilla.
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