viernes, 12 de septiembre de 2008

Santiago y los dos amarus (II parte)

II CAPÍTULO
ALQUIMISTAS DEL ESTE Y DEL OESTE
El mito del Rayo, -de Illapa, de Santiago Apóstol, Tayta Shanti - contra el Amaru, si bien puede ser leído desde una perspectiva antropológica para graficar los ritos de la agricultura, también puede ser leído, por todo lo dicho, como el dominio que puede ejercer la alquimia, la magia, la chamanería sobre el poder antagónico y universal de esos dos amarus
En efecto, de acuerdo al relato andino y a la conclusión que de este hace de Taipe Campos, los dos amarus yacen convertidos en las dos cadenas de montañas que rodean el valle o, lo que es lo mismo, animan las energías antagónicas desde el fondo de la tierra. En la tradición de la China milenaria también existen dos dragones, que representan las energías fundamentales y opuestas de la Tierra; así el sistema del feng sui no es otra cosa que conectarse armoniosamente con esa corriente de los dragones que existen bajo la tierra. El maestro en este arte será un auténtico alquimista, un chamán. De semejante forma operan las serpientes nórdicas, cuyo poder solo pueden canalizar los magos o sacerdotes debidamente iniciados. Posiblemente también opere así la energía interior que anima a Gaia, La Tierra, en la tesis del insigne científico James Lovelock, tan en boga últimamente.

Los chamanes andinos se hicieron pronto pues “amigos” de Santiago Apóstol, símbolo del mago capaz de operar en la naturaleza. Por eso no sorprende que en tiempos del virrey Toledo, se acusara al brujo jaujino Pedro Cámac, de haber vestido a Santiago Apóstol con las ropas y atributos de “un ídolo pagano”. Porque la magia andina (y la de todas partes) consiste, lo reiteramos, en conectarse armoniosamente con la energia de una de estos dos polos energéticos del universo: el amaru blanco o negro. En Grecia la conexión con el amaru positivo se llamaba Teurgia, y es la que también oficiaron los primeros arios de la India con el soma sagrado. La magia que opera con el amaru tenebroso se llama Goecia, y es la hechicería maligna propiamente dicha.
Los españoles de ese tiempo estaban bastante al tanto de la alquimia (y cómo no podían estarlo en una época en que la nobleza se confería por el oro). La propia iglesia católica de entonces tampoco estaba lejos de esos afanes; teniendo en cuenta, además, que el propio Santo Tomás de Aquino afirma en su “Summa Teológica” ( II, qu. LXXVII, art. 2) que “el oro filosofal, si es auténtico, debe estar investido de un valor objetivo igual a aquel que se otorga al oro corriente del comercio”.
El propio Rey Felipe II era un asiduo practicante o patrocinador de estas artes. Hay un relato de Fray José de Sigüenza, cronista oficial de la Corte, que narra lo acaecido el día de Santa María Magdalena, en la primavera de 1571, cuando una explosión destruyó la Torre Poniente del Monasterio de El Escorial; en este accidente Sigüenza describe lo que parece ser una aguda intoxicación con vapores de mercurio que mató por lo menos a un fraile. Para investigadores como José Hermida este incidente es solo uno de los muchos indicios que confirman que, en efecto, Felipe II había instalado allí un laboratorio alquímico. Su Majestad había acondicionado dicho recinto con una finalidad histórica nada despreciable: asegurar para España, mediante el poder de la Teurgia-o la Grecia, si era preciso-, el dominio absoluto del planeta.

Los alquimistas cristianos estaban convencidos de que era posible hallar el Hálito de Dios en las partículas elementales. Y sostenían también, -basados en la Biblia, Pitágoras y el esoterismo islámico, hebreo cabalista o protocristiano-, que el hombre al ser imagen y semejanza de Dios, no solo tenía potestad sobre los ángeles, sino también por sobre los demonios. El hombre podía operar cualquier magia si disponía de los instrumentos y, sobretodo, de la ubicación geográfica correcta para canalizar estas fuerzas. Así, para poder conseguir el deseo de Felipe II, se necesitaba fabricar un laboratorio en un lugar con la suficiente concentración de energía telúrica, a fin de captar estas dos energías angélicas o infernales (de esos dos amarus, diríamos). Uno de aquellos lugares, según las creencias de la época, era nada menos que el Monasterio de El Escorial.
Este mismo principio se aplica ciertamente en los ritos de magia blanca o negra andina, donde el Laya -sacerdote o chamán andino- conecta con la energía positiva o negativa del planeta, de acuerdo a sus necesidades o intereses. Y se sirve, para ello, de lugares con la suficiente energía telúrica que posibilite el captarlos; todo ello a través de los Apus (ángeles, demonios o elementales) intercesores. En nuestro valle algunos de esos lugares son Torre Torre, Warivilca, Arwaturo y, claro, el Huaytapallana, morada del Apu Wanka Wallallo.
Muchos de los frailes franciscanos y dominicos que pasearon por estos lares, como contemporáneos de los otros alquimistas de la Metrópoli, conocían a la perfección el simbolismo pitagórico, gnóstico y cabalista que hemos referido. ¿Acaso el insigne cabalista y filósofo Raimundo Lulio no había sido también misionero católico? Pues bien, estos misioneros eruditos no tardaron en darse cuenta de esta correspondencia de arquetipos universales que Jung mencionaría mucho después en su “Psicología y Alquimia”, y la aprovecharon sabiamente en beneficio de la causa evangelizadora.
Aquellos misioneros conocían todo ese “arte regio”, y se maravillaron en descubrir las fabulosas coincidencias: porque la cruz católica y cristiana, es como la cruz ankh de los egipcios con su ristra de amarus en la cabeza, y es también la chakana (¡ch-ANKH-ana!). Y que el INTI es el mismo INRI; porque Cristo es el Sol (Yo Soy la Luz del mundo) que camina desde el Amaru blanco del levante hasta el amaru negro del poniente. O porque la navidad es el solsticio de verano y el Corpus Christi el solsticio de invierno; una fiesta donde la Sagrada Forma sale en procesión con rayos que asemejan a los del mismo Sol.Esa fascinación subsiste en relatos como los del misionero Cristóbal de Molina –por encargo del obispo cuzqueño Sebastián Lartaún - “Relación de las fábulas y ritos de los incas”, y en otros que el tiempo ha devorado. El virrey Toledo necesitaba extirpar las idolatrías, y la iglesia vio en esa comprensión de la espiritualidad andina un camino bastante acequible para traducir verdades unánimes. Aunque, como nos dice el historiador José Carlos de la Puente Luna en su imprescindible obra “Los curacas hechiceros de Jauja”, el proceso de cristianización de los pueblos provocó en algún momento que resucitaran viejas rencillas entre caciques huancas y xauxas por la posesión terrenal; no fue nada raro entonces que se lanzaran mutuas acusaciones de hechicería, a fin de que la autoridad virreynal castigara este asunto como correspondía, por un lado; pero también que, en secreto, los propios caciques acusadores practicaran ritos de magia blanca o negra a fin de desaparecer a sus enemigos terrenales o protegerse de sus ataques. De nuevo se enfrentaban en este valle el amaru blanco y el amaru negro. Dadas así las circunstancias, con la orden expresa de Toledo por extirpar idolatrías, no fue nada difícil que los ritos del amaru blanco se fundiera (sincretizara) con el rito católico, mientras que el de la serpiente negra con la hechicería andina. Si bien sus elementos pueden hallarse en estado mas o menos puro hasta hoy.
No se olvide tampoco que estos misioneros edificaron los primeros templos orientando la puerta principal hacia el lado Este; de modo que al oficiarse la misa tridentina, la consagración de la hostia acontecía de espaldas al público, es decir, se elevaba el pan hacia el lugar por donde surge el Sol, operando así su transubstanciación; podría decirse que hacia el lado del amaru blanco y de donde surge el mismo Inti. Solo por dar idea de uno de los tantos puntos que hicieron que en la cosmovisión andina el rito católico encajara con la magia del amaru blanco. Quizá por esto los Apoalaya, Limaylla, Guacrapáucar, Astocuri o Surichaqui que eran ante todo layas no tuvieron muchas objeciones para asimilar ese culto solar que es el cristianismo (aunque no tanto del dominio español, como se sabe) ni en comulgar de ese Tanta Solar que es el INTI-INRI. Porque ahora Huiracocha era Jesucristo y los Apus los santos. Los propios caciques, en un momento, se convirtieron en grandes auspiciadotes del catolicismo y en sus más conspicuos devotos. Siendo piezas fundamentales en el proceso de esa evangelización sincretizada para sus pueblos, porque los ritos tradicionales tampoco fueron abandonados del todo y pervivieron sobretodo gracias a la necesidad de la medicina que, por cierto, fue sabiamente aprendida por los mas cultos y humanistas misioneros católicos.
Recordando esta visión mágico andina de la misa tradicional, traigo a colación ese curioso libro de Epifanio de Constancia, llamado “Panarión o Botiquín” donde se describe la Misa Nasenia (antigua secta gnóstica cristiana) de este modo: “Amontonan los panes sobre la mesa. Llaman a una serpiente a la que han criado como animal sagrado. Al abrir el cesto sale la serpiente que alcanza la mesa, se desliza entre los panes y los transforma en Eucaristía. Entonces se parte los panes que rozó la serpiente y los distribuyen entre los comulgantes…La serpiente consagra los panes por contacto. Una vez tomadas las santas Especies, la serpiente da el beso de la paz y traslada a Dios la acción de gracias de los fieles.”

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