jueves, 5 de noviembre de 2009

Una tarde del noventa y nueve

Una tarde del 99 lavé el polvo y la saliva que soy
A un silencioso manadero
De espuma
Y semilla dorada emancipada por el viento.

Esa tarde me preguntaba
Como Al Qindi, viendo en un jacinto la forma de lo creado,
Si había algo de luna y de jacinto también en mi carne.
Y viéndome asignado a mi barca
Convení tan solo a navegar.

Esa tarde había descansado tanto
Que a cualquier murmullo blanco hubiere
Llamado madrugada,
Y así deslizaba mi alma
Azul sobre la tierra
Como un cielo de Galileo
Remedado de otro cielo
Quizás más claro.

La tarde del 99 transitó dibujándome
En la silueta mansa de los trigos,


Y yo ahora soy la silueta de esa tarde.

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