IV
La muerte nos saludó en la fina orfebrería de
su manto,
habló en silencio
de su fatiga;
nos tomó con las manos
frías de sus muertos, y delimitó el sendero
unívoco
por el que vamos.
Y en festines nocturnos
se vertían los cuerpos:
“intellige clamorem
meum
intendi
voci orationis meae”
El clamor esporádico de los credos
limpiaba la noche con sus salmos.
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