miércoles, 14 de septiembre de 2005

Primavera en Ocopilla

No conocía de ella sino el silencio. Porque al principio la recorrí en la sordina de sus noches, dentro de la patrulla, a la una o dos de la madrugada. Entonces pude sentir su aroma a césped y a riachuelo oscurecido, corriendo hacia la mar que es el morir; sentir también pude el murmullo congelado de una tierra que parece caminar a lado tuyo, invisible. Cuando presientes, de pronto, en el espacio vacío, el ánima de algunos muertos.
Pero esas ánimas no son las más tristes a pesar de todo. Los que penan más son los fantasmas de quienes se fueron, y que vienen a recoger sus pasos en las casas que Ocopilla ya no alberga más. Estos aparecidos buscan a sus amigos o a sus parientes deambulando por las calles de lo que recuerdan de sus tiempos infantiles, pero ya no las encuentran. Se han ido también. O, en el mejor de los casos, están muertos. Entonces puede ser que se encuentren.
Pero ocurre que, a veces, Ocopilla se ha olvidado de estas almas. Cuando esto pasa, la pena de los espectros es más triste. Yo la he sentido. A la una o dos de la madrugada, paseando por sus calles dentro de la patrulla; sintiendo la curiosidad de saber si algún día yo también recogería mis pasos por esas arterias tan lánguidas. O eso recuerdo.
Ya luego vino Zenaida, como el tiempo de la helada. Porque era mayo o junio cuando apareció. Entonces la noche era una hoguera que transpiraba en atmósferas de palo santo y adobe; y el césped jugueteaba con ese riachuelo oscurecido que se dirige, sin prisa, a la mar que es el morir. Entonces yo caminaba entre la violencia cotidiana de mi oficio, y la pasión que se atreve a su secreta ternura; la que se despoja del rubor a medida que transita el inacabable sendero de la cópula. Porque era el tiempo de las heladas.
Zenaida y yo compartíamos las soledades de ese tiempo glacial. Allí, yo era el héroe televisivo en un programa que nadie veía, porque era mi historia, y de la que Zenaida conocía tan solo lo yo que puntualmente le contaba, o lo que puntualmente nos unía. Pero nunca fui bueno para contar las historias como hacen algunos, como si fueran mimos o cuentacuentos frustrados, con ese mar de giros y de muecas. En fin. Zenaida tampoco era tan buena oyente como si lo era para otros afanes. Ella también vivía su propia serie de televisión. Pero mientras la mía era un policial, en el que nadie resolvía nada; la suya era mas bien una telenovela donde todos eran héroes y villanos al mismo tiempo, salvo ella. Y así, juntos, íbamos creando un género nuevo, donde la muerte asumía el rol de único final posible.
Cuídate, por favor, que si te pasa algo me muero”, me decía todos los días antes de irme a trabajar.
A la una o las dos de la madrugada algunas almas recorren Ocopilla; pero de todas las más tristes son aquellas de los que ya se fueron, de los que sólo vuelven para recoger sus pasos y que Ocopilla no les recuerda.
-Hernando, están penando.
-No me fastidies, oye ¿No sabes que mañana tengo que ir a las seis de la mañana al desfile de mierda ese?
Pero Zenaida no me escuchaba mucho. En su telenovela lo que abundaban eran los monólogos.
-Pobrecita la Yusara. Ahora se está condenando.
-¿Ese cabro? Bienhecho que lo hayan matado.
-No digas eso, Hernando; debes tener un poco mas de respeto por las almitas, por que algunas se molestan y después vienen y te pisan.
-Ese cabro que va a pisar a nadie, oye; todo lo contrario.
-Basta, Hernando. Mas bien reza conmigo para encomendar su almita a la Virgen del Carmen, que es la que saca a las almas del purgatorio.
-La virgencita es homofóbica, Zenaida; sino pregúntales a los curas...
-Cállate y escucha, Hernando, como aúllan los perros al sentir su llanto. Tú te burlas porque eres serenazgo y todos los serenazgos son malos, porque les quitan sus cosas a las señoras que venden en la calle, pero no vale ser así…
-¡Ay, Zenaida! Esos son los policías municipales; además se dice serenos, y los serenos a los únicos a los que les sacamos la mierda es a los choros y a los burbujones como la Yusara.
-Tú dirás eso, pero la Yusara era buena gente; además me daba pena porque a veces se maquillaba hasta con unas témperas de colegio que la pobre Yusara tenía que comprarse en la cachina nomás. Ah, pero eso sí, en la fiesta de octubre, no sé cómo, pero la Yusara se conseguía su traje para bailar la chonguinada. Pobrecita, no se merecía morir así. Pobre Yusara, voy a rezar por su almita a la virgen.
Entonces la noche se hacía una hoguera transpirando en atmósferas de palo santo y de adobes. Eso, y las heladas que tienen la forma de una vieja horrible. Horrible como los días de desfile.
Porque la vida era el olor de la tierra concentrada en las paredes, las velas, el dolor de las falanges bajo el agua lavando la ropa, las llamadas de la madre de Zenaida desde Italia; y yo, llegando despeinado a la casa de Zenaida, luego de mi serie cotidiana. Despeinado por llevar delincuentes a pagar tributo en la comisaría; despeinado de rescatar suicidas ni sé para qué; despeinado de despejar la calle de burbujas, de burbujones, de cafetales, de lo que sea. Despeinado de mi serie policial en la que nade resolvía nada nunca. “Como jugando se pasan los años, Hernando ¿Cuándo volveré a abrazar a mi mamá?”.
Y cada noche o cada mañana al regresar a la casa de ella, sabía que cambiaba Ocopilla también un poco. Transformábanse los adobes en ladrillo y el barro en cemento. Era obra de las ánimas que se fueron a otros continentes. Pero con la noche volvía el silencio en el que me presentaron Ocopilla. En nuestra vaga novela, haciendo escarcha del vapor trepado en las ventanas, mientras se presentía, en el vaho de la atmósfera, un canto de ánimas; de ánimas como la Yusara, por ejemplo, y también de las que se fueron y ya no se reconoce su canto porque el eco de los otros continentes no tiene ese sonido del conjuro de los brujos en la penumbra de un paisaje a orillas de una vertiente.

 “Vamos a rezar, Hernando. Están aullando los perros, porque seguro hay un almita que está penando. Un almita abandonada como cualquier cosa que se te cae al suelo. Como una florcita arrancada y pisoteada. Como la Yusara, por ejemplo”.

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