Saben los espíritus que
adivinan
el transcurso del silencio,
y sabe la insignificante
amapola de la muerte
de los hemisferios trashumantes
sobre piedras
de imperfecto círculo.
Así como confunde, extinguido,
el vapor
su celestial oráculo
en inútil derrotero,
sabe también que la
imprescindible
sangre fue entonces
devuelta
al tiempo
y al viento;
así como si hubieran
vuelto por su carne.
Y la caverna de la madre,
profunda,
extraña como el conjuro de las
sangres.
Y si pudiera el hombre ver
de dónde son los pasos o su
distancia,
apenas reconociera su cuerpo.
La piedra, la caverna,
el final abismo de lo pasajero
reconocen la sangre
desaparecida
de los dioses precursores
sobre el ara de fuego blanco,
de fermento
y de hoja.
Porque resucitara en un nuevo
ciclo
con la nueva y vieja sangres,
devuelto al conjuro
de los dioses que también
en el Eterno retornan.
Secreto dios
que renaces en el tiempo
con nueva lengua y lenguaje,
sumergido vuélvete al silencio.
Hazte unánime en el sacrificio
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