Aún habitaré sacrificado en esta
piedra,
y en la vertical distancia
de mi rumbo. Mi rito ya no es
el proscrito.
Mi ciclo subraya las palabras
de nueva metáfora,
para penetrarla en conciencia
desprendida del tiempo.
Y, sin embargo, todavía la
carroñera devora
la heredada hiel de las
entrañas,
como la viviente hierba
arrancada
sobre piedra terrenal.
Todavía conservo un ojo para
arribar
de lo sencillo a lo eterno,
y todavía el oscuro abrazo de
la sierpe
con que se encadena la memoria
a la abolición imprescindible
del momento.
La vida elemental se atiene
a las parvadas que golpean
lo pretendido. Una ingrata
sucesión
de eternidad que aguarda una
sola muerte.
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