Somos hijos de una rama blanca que ha
perdido el horizonte,
pero no lo sabemos;
somos hijos también de las formas que
habíamos imaginado
en otro tiempo,
y, por lo tanto,
nos conocemos.
Vamos rumbo al arrecife primordial
premunidos de especias
y de incienso blanco,
para descubrir las cosas que ya
sabemos
que existen.
La atmósfera que hemos olvidado era
macabra.
-Lo sabemos porque guardamos como
prendas
el furor de sus cicatrices,
blancas
y densas por igual-.
Cada uno de nuestros hermanos tiene un
puesto
en el hipogeo,
lo mismo que nosotros
en el epicentro de la vida y la
muerte,
en el común lugar que otros evitan.
No hacemos sino del más leve ciclo una
prédica;
una parábola edificante
y unánime.
Más nuestros hermanos redujeron
cada verbo al límite
de lo tangible; se afirmaron así
en la insignificancia de los hechos
que se validan a sí mismos.
Pero las hierbas que conocemos no son
hierbas
verdaderas.
Solo el tiempo de nuestra parábola
revelará
lo espontáneo.
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