jueves, 13 de septiembre de 2007

Hermandad



Somos hijos de una rama blanca que ha perdido el horizonte,
pero no lo sabemos;
somos hijos también de las formas que habíamos imaginado
en otro tiempo,
y, por lo tanto,
nos conocemos.

Vamos rumbo al arrecife primordial
premunidos de especias
y de incienso blanco,
para descubrir las cosas que ya sabemos
que existen.

La atmósfera que hemos olvidado era
macabra.
-Lo sabemos porque guardamos como prendas
el furor de sus cicatrices,
blancas
y densas por igual-.

Cada uno de nuestros hermanos tiene un puesto
en el hipogeo,
lo mismo que nosotros
en el epicentro de la vida y la muerte,
en el común lugar que otros evitan.

No hacemos sino del más leve ciclo una prédica;
una parábola edificante
y unánime.
Más nuestros hermanos redujeron
cada verbo al límite
de lo tangible; se afirmaron así
en la insignificancia de los hechos
que se validan a sí mismos.

Pero las hierbas que conocemos no son hierbas
verdaderas.
Solo el tiempo de nuestra parábola revelará

lo espontáneo.

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