Son pocos.
Esbozan la quebrada
limpia
con su sombra
pimpante.
Son uno con la
llovizna
que asperge la
paniega en el relumbre
de las tardes.
Y, si cantan,
se unen al motete
monódico de Natura
que, en conjunto,
eternamente entona
bienaventuranzas.
Y en ese canto
fecundan los bancales a un lado
de la senda;
y en ese canto el
agua discurre por la feraz cordillera
con alegre risa de
infante.
Ha creado el valor
vencedores; pero aquellos
invencibles son por
la concordia.
Y son vastos como
axiomas
que en el pie de
los árboles penetran,
cuando el universo,
en un rumor de pajonales,
se adormece,
y acarician los
planetas
filosófales
estelas.
Son como palabra
que nadie contesta
sino en silencio.
Misericordes como
el masquil
que enmienda
turbamultas,
o las regiones
indiferentes que existen
al margen de
cualquier acervo,
pero que son -como
todos-
trebejos de una
misma Ciencia.
Son pocos. Cantan
por nosotros,
mientras el mismo
Tiempo nos sostiene
en la octava de su
armonía,
nimbado,
en tanto el
Preboste duerme.
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