Añoranza
del vaho que madura
a perla,
y arrojarlo sobre
el río.
Esperanza en el
camino
que sortea la savia
hacia su propio
sol.
Incesante, el fuego
renueva su curso
aparecido en las
hojas:
el río.
Sálvame,
madreselva;
luctuoso jarabe de
la parra,
que alejado será mi
costado
por girones de luz
cuajada
y por sábila florecida
del río,
entre el murmullo
de la hierba
renovada.
Por aquí pasaron
los espíritus
migrantes
de la muerte,
y cegaron la avena
en espigas
selectas.
Por aquí el pajar se
transformó
en higuera,
y ha dejado abiertas
llagas.
Sacude el trueno lo
espeso
de hojarascas
dormidas. Nocturno.
Y me aturde en la
recóndita
novena
de raíces y ceniza,
de muerto lirio que
camina
hacia el estanque.
Vuelve la tarde
recóndita
aparecida,
en la llama fugaz
que atraviesa
los cuerpos.
Otra vez en mi
sierpe el espíritu se rebela.
El infinito
descanso reconocerá su ofrenda.
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