Recuerdo
la tarde de cobre
rendida,
alumbrando
en retazos de carne
y humo;
mientras
el licor
de
incógnito aroma
discurría.
Y
probé del jarabe azul
de la
tulipa,
y del
mosto segado de la drupa,
y el
vapor de azafranes hurtados,
y del
velo del templo
y las
velas.
Y vino
a mí, entonces, el mareo,
como
los sueños vienen a los caminantes
o el
sonido fatal
a la tierra.
Erizados
los horizontes en mis manos,
la
luz del sol
rojiza
bajo las piedras.
Suavemente
amaneció, ya luego
en
tenue fosforescencia
de
lirios y geranios,
de
espigas, jaras y umbelas.
Recuerdo
la tarde de cobre rendida,
como
quien recuerda su quimera.
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