He salido a pescar
y el agua,
apenas advertida,
narraba en su
transcurrir
los denuedos
futuros
de la llama albina
sobre el alma.
Y una glauca,
levitante,
hoja
con tirillas de
ramales rendidos,
y un paraguas
natural, péndulo verde,
del árbol al que me
arrimaba
fueron toda mi
hazaña esa tarde
sin peces,
chubascos
ni calzado.
Y sin sombras del
pasado
que discurrieran
en la grava para
hacer
más solitaria mi
tarde.
Alejábase una nube.
Pudo ser el viento
o el ansia de
nuestros cuerpos ermitaños,
adivinados en la
forma
de las flores de
tubérculos maduros,
o el sonido de
cereales
cuando les peina,
desentendido, el viento;
o el oficio de
sentarse a esperar que atisben
los peces, mientras
pierdes
los zapatos en el
afán, y la cigarra
cartuja
vivaquea por los
sotos;
pero no las sombras
del pasado
que discurren en la
grava
para hacer más
solitaria
la tarde.
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