miércoles, 15 de julio de 2009

Parménides y los guindales

Busco, cual Parménides, cabalgar sobre el sendero que la aurora me ha obsequiado;
cabrillear con el sol que en el valle satinado despereza,
y adivinar las gemas de una bella granada colorida.

Ser y no ser mientras añoro
el corazón inconmovible de aquella
Cilíndrica Verdad.

Ya las guindas pintando están,
canta el agua en los límites de su ciencia
-redonda en su destino se tornará infinita-.
En esa agua azul cobalto encontraré un día
lo bermejo de mi inocencia antigua;
será en un recodo de sausales, mirtos o perales;
de guindos, acacias o membrillares; de cosechas rubias
en el trigo trabajado; y en el cántico de las perdices
de un pentecostés inopinado.

Porque el camino de herradura hacia ese bosque
no está sellado,
lo ha cubierto solamente el polvo,
la necesidad, una lluvia de hojarascas;
lo ha oscurecido la noche de sepultos candores que en otro tiempo
fueron verdades libertas;
mas será nuestra su quebrada, a la luz de nobles causas,
o en la blanca ontología de las monteras dominicales.

Ya las guindas están pintando.
Nos abrasamos del único tronco conocido;
treparemos a la cima como voraces círculos de entendimiento,
y cantará esa ave al final del día
y en la alborada,


como a Parménides, 
peregrino infatigable.

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