Busco, cual
Parménides, cabalgar sobre el sendero que la aurora me ha obsequiado;
cabrillear con el
sol que en el valle satinado despereza,
y adivinar las
gemas de una bella granada colorida.
Ser y no ser
mientras añoro
el corazón
inconmovible de aquella
Cilíndrica Verdad.
Ya las guindas pintando
están,
canta el agua en
los límites de su ciencia
-redonda en su
destino se tornará infinita-.
En esa agua azul cobalto
encontraré un día
lo bermejo de mi
inocencia antigua;
será en un recodo
de sausales, mirtos o perales;
de guindos, acacias
o membrillares; de cosechas rubias
en el trigo
trabajado; y en el cántico de las perdices
de un pentecostés inopinado.
Porque el camino de
herradura hacia ese bosque
no está sellado,
lo ha cubierto
solamente el polvo,
la necesidad, una
lluvia de hojarascas;
lo ha oscurecido la
noche de sepultos candores que en otro tiempo
fueron verdades
libertas;
mas será nuestra su
quebrada, a la luz de nobles causas,
o en la blanca
ontología de las monteras dominicales.
Ya las guindas
están pintando.
Nos abrasamos del
único tronco conocido;
treparemos a la
cima como voraces círculos de entendimiento,
y cantará esa ave
al final del día
y en la alborada,
como a Parménides,
peregrino infatigable.
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