En la paz de tu
brasa cautiva
hay un huerto de
rosales;
flores antiguas de
espléndidas estrofas,
pétalos blancos que
traen los mistrales.
Tu presencia es
obsequioso sarmiento
que adereza el
recodo de los cauces;
es espíritu de
acuáticos amparos
que toca, en el
cierzo, afables carnavales.
Ven,
y tráeme de beber
el agua que en el
pozo tuyo reverbera,
o la añeja hierba
que unges con sigilo
en la casta lluvia
de setiembre.
Las rosas de tu
parcela han florecido,
tienen el aljófar
que la aurora atavía;
y vuelan cerúleas
como abejas del verano,
para posarse en mi capota
hacia la muerte del
crepúsculo.
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