Si
me llama
a
la batalla
el
enemigo,
y
azul sigo los pasos
de
su olvido,
preservo
en los nudillos la piedra
que
evolucionó de golpe a sombra,
y
de hueso tallado
a
soberbio colmillo.
Si
me llama a su batalla,
digo.
¿Y,
en qué escombro del amar
la
diferencia subyace?
si
en todo somos parte
de
molécula y asombro,
si
toda piedra devino en altar,
y
en reverencia admirable
cualquier
mueca impía
y
hasta el odio.
Mi
enemigo
no
es ya otro
que
la forma auroral
de
mi perdido asombro;
la
pieza fundamental
que
asume su cuerpo vacío.
No hay comentarios:
Publicar un comentario