Gravitaba tu corazón en los confines
de
un vértigo antiguo; en olvidados sabores
de
glaucas sábanas y húmedo infierno.
Y
no sé si te busqué
o
me encontrabas;
más, luego de la conjunción, volvíamos al ciclo
de
los cuerpos,
al
recuento de las madrugadas,
al
discurrir de las estaciones en los paraderos.
Una
noche, mirando hacia el vitral de la catedral de tu alma,
me
dijiste que el cansancio se había sentado a dormir
junto
a tu cama,
pero
también me hablaste de cierto furor
que
no era mi furor;
y
entonces el pudor ajustó mi viejo abrigo
de
piel labrada.
Y
la
otra noche en que llovió
tan
fuerte sobre todas
las
ciudades del universo,
me
pareció verte saltar sobre ramblas y retales
de
caminos obviados;
quise
llamarte entonces,
más
tu nombre nunca vino a mis labios.
(Quizás
ya lo he olvidado
para
siempre).
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