Amigos, en esta noche entregaré mi cuerpo
al destino,
y unas vacilantes ebriedades rodaran
por la vena atornillada.
Entre los aplausos de la vida me abandonaré
a una estancia nueva.
Y mis manos temblarán en un sopor congelado;
alguna desconocida nodriza lavará
el alma desterrada
entre las viejas rumas
de la muerta retama.
Y mi alma se extenderá por el valle,
cargada con el vino silencioso
de mis inapetencias.
A lo lejos
en una lava violenta será arrastrada
mi vieja profecía inapelable;
(porque es bien sabido que no tuve
mas alma que esta).
Y en esa noche uno de ustedes
recogerá la flor prometida
que reposa en el limbo.
La arrojará en el vientre imperfecto
de la tierra abonada,
se tomará del cuello;
y entonces,
solo entonces habréis aprendido a seguirme.
Los otros dormirán por siempre,
castigarán al viento con espada cruenta
y negación abstracta;
fundarán un perfecto universo perpetuo
en la ignorancia fantasmal.
Se teñirán de sangre las manos
que hoy comparten nuestro pan.
Y en esta noche vendrá el silencio a buscar
la caridad resbalosa de las fiestas.
Hoy, digo, que vendrá una mujer
y vendrán dos.
Y un gallo cantará tiernamente
el himno de las arpas intangibles
del destino; arrullará el viento sobre las llamas del bosque,
y vendrá el mismo viento para levantarme en la caída,
y vendrá la mar, y vendrán sepultureros
por tierra,
y cenarán con lo que
de mí quede.
Por ello es preciso abrigarlos,
atarles con ahínco la bufanda en estos
moribundos cuellos moribundos.
Es preciso confeccionar el pan
que habremos de comer mañana.
En esta noche sentencio
que ha llegado el tiempo de desnudarse.
Lavaré las llagas, limpiaré los pasos
y remojaré un pan por el otoño
de nuestras floridas pascuas.
Y besaré hasta la humillación
-que es el destino de todo beso-;
y me desnudaré
cuando no exista un buen motivo
para hacerlo;
porque, amigos,
en esta noche entregaré
mi cuerpo,
mi falso cuerpo al destino.
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