sábado, 26 de abril de 2008

Plegaria


Añoranza
del vaho que maduró
a perla
y se arrojó sobre el río.

Esperanza en el camino
que sortea la savia
hacia su propio sol.

Incesante, el fuego
renueva su curso
aparecido en las hojas:
el río.

Sálvame, madreselva,
luctuoso jarabe de la parra;
que alejado será mi costado
por girones de luz cuajada
y por la sábila florecida del río,
entre el murmullo de la hierba
renovada.

Por aquí pasaron
los espíritus migrantes
de la muerte,
y cegaron la avena en espigas
floridas.

Ya por aquí el pajar se ha transformado
en candela,
y ha dejado abiertas sus llagas.

Sacude el trueno lo espeso
de la hojarasca dormida. Nocturno.
Y me aturde en la recóndita
novena
de raíces y ceniza,
de muerto lirio que camina
hacia su estanque.

Vuelve la tarde recóndita,
aparecida
en la llama fugaz que atraviesa
los cuerpos.

Otra vez en mi sierpe el espíritu se rebela.

El infinito descanso reconocerá su ofrenda.



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