sábado, 26 de abril de 2008

Epifanía

Ya no añoro en ti sino
los lácteos universos que asombran;
es decir, el ánima primaria;
es decir, el ojo con la flama que devela;
es decir, tú misma en la inmaculada
sombra de tu sombra.

Y glauca, la sombra menguante
de los otros, que
ni siquiera en nuestra noche nueva
existen.

Pues el ojo o la luz
son;
y nada en el vacío permanece;
ni siquiera la mentira primera
de acabar,
o la impoluta transición
de la materia en olvido.

Sobre todas las cosas,
un puente
se teje.

Déjame ahora recordarte, que
ser recordado es ser
percibido.

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