y cuando trajeron a tierra las barcas
ya lo esperaban mis ojos
sobre la orilla de las sales refractadas,
y las glaucas olas calmas
de su palabra;
como el frío era que se viste de muceta,
o la lluvia extraviada que navega calma
por su dedo en la llaga;
como el peso de los años soñados,
como el golpe que hacia el alma bate
la nada.
llamaba a la puerta, como quiera que viera, y entraba;
descubría en la parriza entrañas
que la plebe sencilla guarda,
y el sahúmo de los peces cohabitando el purgatorio,
-cual cenáculo de vinagre
y miel-;
como si fuera sal
o luz que el gentil esconde al manadero.
y así, quien lo tuvo, viera la vida,
el arcano discurrir de la memoria,
el principio y el fin de las horas
como cena de mi forma en sus palabras;
abrazándolo todo en su cuádruple verso
para asistir -velado novio- a la medina cristalina
do se contempla todo.
y mil años transcurridos delante de sus ojos
sean como vigilia de una noche
extraviada,
do se afirma la obra en el hámago
y se nombra cada puerta consagrada.
ya lo esperaban mis ojos
cuando trajeron a tierra las barcas,
y ellas condujeron al recóndito habitar
de sus pausas.
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