Yo sé que, oscuro, he sentenciado el sigilo
de una memoria, apenas descifrable, grabada
por otros que anduvieron el mismo sendero
que hoy nos turba.
Yo sé que hemos bebido del vinagre sobre un
panal
destilado, y que hemos adivinado imperfectas consonantes
en las minúsculas leyendas que somos.
Entonces asimilamos la elocuencia
primitiva, la sentencia
y hasta la queja que nos enuncia.
¿Quién nos puede devolver la antigua ruana,
la inmerecida sublevación del continente,
los fragosos cabos y el rebaño entero?
Solo existe el eclipse que todo lo
conserva,
el sepulcro antiguo de nuestros nombres
innumerables,
el río donde bebimos todo lo que nos
conforma;
y ese signo celeste que nos agobia o nos
elude.
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