al tormento único,
a la ristra elemental;
y esperar la flama
desde allí
-como bien sabes-.
Como duermes, vigilante y virginal,
al aceite que, de tu amado, brota.
Abrasa en la piedra del sendero unánime
ese amado candil,
torvo aroma
de martirio.
No sea que en el ara a los ojos
te refracte el astado,
y su carne te envuelva.
-Nos envuelva-.
No sea que tiente en su atmósfera
clausurada
la íntima llama que os apacienta,
y me devele.
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