sábado, 26 de abril de 2008

El Libro de las Lamentaciones

Somos la huella que Él ha enviado. La alteración de una palabra refinada.
Tetracordio. Volver a entonar el profético canto y, sobretodo,
alumbrar el sendero de otros. ¡Ay, si nuestro camino está en tinieblas!
¿Cuántos universos llamará el eclipse? ¿Cuánto tiempo vulnerables a la luz?

No tardes, que la pena nos debela.

Y, al crepúsculo de todo, la curvatura inasible;
el viento imperceptible que en el camino contiene.

Es una blanca llama de los desiertos en que su ímpetu descansa;
y nuestro único abandono a la salud del contero
y de las rosas.

No tardes, que la pena nos debela.

¿El viento será o la cotidiana negación que extenúa?
¿o la vara de hierro postrera que nos alcanza en la magnitud
de la piel escarmentada y de la estraza? Pero oficiamos
y yantamos del pan, y bebemos del agua. Solo es ficción
lo que de su Grave Sustantivo nos separa.

No tardes, que la pena nos debela,

y nos ama.

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